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martes, 7 de julio de 2015

En el ojo ajeno, la paja se ve tan clara

Hoy he suspendido el práctico de conducir. No pasa nada, era el primer intento y estoy seguro de que a la segunda lo conseguiré. En general, conduje bastante bien, salvo alguna cosa.

De lo que quería hablar es de la autocrítica y la humildad en aceptar los propios fallos. Resulta que además de mí mismo, se examinaban también otras dos personas, una chica de 32 años y un chaval que debe tener 18 (porque hablaba de empezar la universidad el año que viene). Ambos suspendieron.

La chica iba muy, muy nerviosa, tanto que cuando arrancó, apenas fue capaz de mover el coche. La marcha atrás se le resistió, el embrague hacía un ruido horrible, al poner marcha alante se le caló... Luego me contó que le iba temblando la pierna, que lo estaba pasando fatal. La examinadora le dijo: "estás muy verde", y apuntó "Impericia" en la hoja de evaluación.

La examinadora, en realidad, era un poco rara. Se presentó como "examinadora itinerante", signifique eso lo que signifique. Hablaba muy bajo. Le tuvo que preguntar a mi profesor cuál era el depósito del refrigerante. No conocía las direcciones de los sitios, titubeando al dar las señalizaciones y equivocándose (a mí me mandó a la M30 cuando sólo estaba la M50 por ahí). Al chico lo tuvo conduciendo 25 minutos, pero luego le dijo que lo suspendía por una cosa que había hecho nada más empezar. En fin, quién sabe, la pobre señora tal vez acababa de ser trasladada de Zaragoza y estaba viéndolas venir. Pero mi profesor, que es de natural tranquilo, metódico y preciso, sí que estaba un poco indignado. "No sé de dónde habrán sacado a esta señora", dijo.

El caso es que el chaval no paró de quejarse del suspenso. Dijo que la señora era un perro verde, que tenían que echarla, que le había suspendido por una tontería. La insultó un par de veces (no a la cara), dijo que él ya sabía conducir, que no le hacían falta más prácticas y que iba a "coger el coche en verano, sin carnet ni nada". Que este asunto era para poner una reclamación; esto lo dijo tantas veces que me dieron ganas de preguntarle por qué no lo hacía. En resumen, y sin que esto sirva para hacer sangre de un adolescente cabreado (¿quién no ha sido uno? Yo acabo de dejar de serlo), le echó toda la culpa a la examinadora.

Y aunque el profesor (que os aseguro que es un santo varón) al principio también estaba molesto por las rarezas de esta señora, según se fue calmando le iba recordando los errores a este muchacho. No por nada, sino para que los corrigiera. Y después, cuando ya sólo estábamos él y yo (porque me quedé un rato a preguntarle unas dudas), me dijo "[fulanito] no lo quiere reconocer, piensa que está listo pero aún le falta algo" (o algo así, parafraseo). Se juntaba que es un señor muy correcto con que lleva conduciendo cuarenta años y que debe haber visto de todo, y le salía esta frase políticamente correcta en la que expresaba su disconformidad con la proyección de culpa del suspenso chaval.

Porque, evidentemente, se trataba de una proyección de culpa, mecanismo de defensa del Yo de libro de Freud. Algo en lo que caemos constantemente, yo incluido.

¿Qué hice yo, que soy tan listo? Mentira, no soy tan listo como me pensaba hace diez años. Pero es que entonces no había suspendido lo que he suspendido ahora. Puede que no sea muy humilde (teníais que verme a los dieciséis), pero he ido aprendiendo poco a poco a tomar las críticas, los suspensos y los fracasos como algo constructivo y responsabilidad mía. Alguna vez, mi padre me dijo que si un profesor era un cabrón, era injusto, pero yo tenía que aprender a sortear esa dificultad. Con lo cual no quiero decir que todo sea siempre culpa de uno, sino que enfocarlo de esa manera es lo que hace que crezcas. Así que le sonreí a esa señora, le pregunté cuales habían sido mis fallos y luego lo comenté con el profesor para tratar de acotarlos y corregirlos.

Y entre una cosa y otra, me tomé una cerveza, que también es algo que he aprendido a hacer en los últimos diez años.

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