Ayer domingo celebramos el cumpleaños de Jorge, un compañero de la escuela. Y lo hicimos de manera original y abstemia, con una jornada de senderismo en el puerto de Navacerrada (que está entre Madrid y Segovia, para el que no lo sepa).
El principio del camino era asfalto y parecía Preciados, todo lleno de familias y tal, pero enseguida llegamos al final de una de las pistas de esquí que se encuentran en el puerto y ahí se quedaron los domingueros. A continuación avanzamos por un camino lleno de nieve y hielo entre los pinos, con menos gente pero todavía bastante concurrido. Y cuál no sería la sorpresa de todos, incluyendo la del líder del grupo, cuando nos encontramos que una empinada pista de esquí nos cortaba el camino, literalmente.
Superado este obstáculo caminamos media hora o tres cuartos sin más complicación que ciertos parches de nieve y hielo y llegamos a una explanada con unas vistas cojonudas, lugar que el grueso de la tropa aprovechó para dar por bueno el día de senderismo, tirar las mochilas, sacar la comida y ser urbanita en general. Era la una y media, pero bueno, me cepillé el bocata de manchego con anchoas y tomate, que es una delicia.
Me sorprendió muchísimo la frondosidad de la zona. Acostumbrado a downtown Madrid, me imaginaba que esto sería un secarral, pero más bien todo lo contrario. Eran coníferas y abedules y encinas, y roca granítica como en Galicia. Me encantó. Los tres arrojados montañeros dedicamos un buen rato a disfrutar del paisaje, e incluso llamamos a los de abajo, a quienes distinguíamos como puntitos en la explanada. Una pena no llevar prismáticos, que habrían venido bien también con todos los buitres que avisté cuando conducíamos hasta el Puerto.
Subimos hasta el mismo en tres coches, sumando 12 personas a las que luego se uniría Carlos, que vive ahora en Valladolid y venía por su cuenta. Tras un malentendido con la Benemérita que casi les cuesta un multazo a cada conductor (la culpa fue de dos guardias que no se pusieron de acuerdo, y uno tenía mal genio) y una obligatoria espera porque aparentemente ninguna mujer puede pasar dos horas sin mear, empezamos el llamado camino Schmidt, que Jorge conoce porque entre otras facetas es boy-scout y se ve que se lleva a los críos por esos derroteros.
El principio del camino era asfalto y parecía Preciados, todo lleno de familias y tal, pero enseguida llegamos al final de una de las pistas de esquí que se encuentran en el puerto y ahí se quedaron los domingueros. A continuación avanzamos por un camino lleno de nieve y hielo entre los pinos, con menos gente pero todavía bastante concurrido. Y cuál no sería la sorpresa de todos, incluyendo la del líder del grupo, cuando nos encontramos que una empinada pista de esquí nos cortaba el camino, literalmente. Después de un rato de confusión decidí hacer de mastín y tiré hacia la cima de la estación (que no está muy lejos, afortunadamente), porque tampoco nos íbamos a arrugar nada más empezar. Ahí ya nos salimos del sendero y anduvimos a la orilla de la pista hasta que, con terreno plano bajo nuestros pies, cruzamos toda la nieve y recuperamos un, si no el, camino. Cabe señalar que un par de chicas que habían optado por Converse All Star TM empezaron a sufrir su decisión, por lo del campo a través y esto.
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Como Carlos, Catur (as in Pablo Caturla) y yo no nos habíamos quedado satisfechos decidimos subir hasta la cima del monte, e hicimos tal. Nos costó un buen rato llegar, pues perdimos el sendero al principio. Aunque eso de sendero es un tanto optimista. Lo único que había eran hitos (montoncitos de piedras que un montañero deja para señalar un paso más cómodo, o una ruta) y el avance era complicado entre ramas, nieve, rocas y árboles caídos. Pero compensó. Vaya si compensó.
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| la cámara no pudo captarlo, pero se veían claramente la Cuatro Torres Business Area y las Torres Kio, y con más dificultad la Terminal 4 de Barajas |
En fin, luego bajamos con los otros, lo cual nos llevó tres cuartos de hora entre nieve y rocas. Una vez reunidos todos, charleteamos un tiempo y nos bajamos a eso de las cuatro y media. Para alcanzar el aparcamiento desde la estación bajamos caminando (aunque hubo quien se tiró) por una pista de esquí, con el alborozo correspondiente. Nos repartimos en coches, nos despedimos y concordamos en que había sido la leche y que deberíamos repetir.
Y es cierto, hacía tiempo que no iba de monte y volví a casa reventado y absolutamente feliz.
P.D.: Lo único malo es que llegamos tan tarde a Madrid que no me dio tiempo a ir al concierto de Los Beatos en el CMU Antonio de Nebrija. ¡Los planes buenos tienden a coincidir en el tiempo! Cuando me disculpé con (el guitarrista de Los Beatos) Alberto Maestre, alias Judío, me dijo "it's ok, la cabra tira al monte".












