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domingo, 5 de mayo de 2019

Luna de miel (I)

Nuestra luna de miel comenzó el 26 de agosto del año pasado. Tras un frenético último día empleado en finalizar el equipaje y cambiar un vuelo a última hora, salimos de Vigo en dirección a Nairobi, pasando por Madrid y París. Hasta Madrid viajamos con mi amigo Cristóbal, que se volvía a Eindhoven, donde vive, y fue muy agradable comer con él como despedida. Luego, cada uno por su lado, y nosotros llegamos al aeropuerto Nairobi Kenyatta con las primeras luces del lunes 27.

Tras un pequeño trámite fronterizo, salimos al exterior del aeropuerto, donde nos estaban esperando nuestros dos compañeros de viaje: Tom, el chófer, y "Antonio" (Tony), el guía. Tom, que es de una tribu cuyo nombre nos evade ahora, era delgado, de cándida sonrisa y hablar muy sosegado. Llevaba una gorra blanca como la furgoneta Toyota que conducía. Tony, de la mayoritaria tribu Kikuyu, era corpulento, de ojos vivos y lenguaraz. Hablaba español decentemente y hacía numerosas bromas de todo tipo. Estos dos nos llevaron hacia el norte, al centro del país, a la Reserva Nacional de Samburu.

Samburu es el nombre de la tribu que vive en esa zona del país, que tiene un clima continental europeo y una orografía agreste de suelo arcilloso. Este parque, que es de tamaño reducido, tiene, sin embargo, muchísima fauna y de muchos tipos. Entre la entrada y el hotel, vimos algunas gacelas, numerosas pintadas o gallinas de Guinea, y hasta una jirafa, que nos llamó muchísimo la atención. Poco sospechábamos entonces la cantidad de animales que íbamos a ver ese mismo día.

Gallinas de Guinea.¿No os parecen dinosaurios?
En el hotel nos estaban esperando para comer, y comimos, y en verdad nos plugo. Nuestro alojamiento era una cabaña de terracota con dos camas, rodeada de sus congéneres y de la sabana, por la cual rondaban unos antílopes diminutos llamados tik-tik, unos pájaros como Zazú el del Rey León, que se llaman cálaos, y ocasionalmente babuinos. Con los babuinos hay que tener cuidado, que son peligrosos como hinchas del Liverpool en Mallorca.

¿dices que se perdió en su propio museo?
 Después de comer nos fuimos de safari, de nuestro primer safari, en el que estrenamos el teleobjetivo nuevo de Iris (un regalo que le hice con sus amigas por su cumpleaños), con todo éxito. El modus operandi del safari consiste en dar vueltas por la sabana, los guías comunicándose por radio con otros guías para informarse de los movimientos de los animales. Cuando descubren un animal, ya sea por su vista y experiencia, ya porque se lo chivan los compañeros, acercan el coche a este para que lo veas. Y lo acercan MUCHO. Hasta el punto de que, en ocasiones, yo me agobiaba, porque me daba la sensación de que estábamos estresando al animal. Aunque, en general, ellos aparentaban completa indiferencia frente a nuestra presencia.

esta leona pasó a 20 cm de mí, al otro lado de la puerta de la furgoneta. Y en ese momento había 10 coches a su alrededor
este es de teleobjetivo, no de estar cerca
 Estuvimos en Samburu dos noches, y de safari tres veces: la tarde de llegar, y la mañana y la tarde del día siguiente. El recorrido que más me gustó fue por la mañana, cuando hicimos una incursión, cruzando el río Ewaso Ng'iro a la reserva adyacente de Buffalo Springs. Esta zona estaba completamente desierta de visitantes, con lo cual teníamos una sensación de amplitud y de aventura mucho mayor. Las fotos a continuación son todas de Buffalo Springs:

aquí un Samburu cruzando el Ewaso Ng'iro







El resto del tiempo estuvimos en Samburu Samburu, que como os he dicho está lleno de vida. En general, fue un inicio maravilloso de viaje. Nos hizo un tiempo estupendo y estuvimos constantemente rodeados de fauna increíble, y el hotel nos gustó mucho (hasta tenía una piscina de la que dimos buena cuenta). De hecho, tuvimos una suerte excepcional el segundo día, cuando pudimos ver el más esquivo de los carnívoros africanos: un leopardo, tumbado a la bartola en un árbol.

por supuesto, estaban todos los coches del parque rodeando al animal

lunes, 12 de octubre de 2015

Moroccan madness

"¿Has estado alguna vez en Casablanca?" preguntó José Ángel (mi jefe) el miércoles de la semana pasada.

Resulta que en mi trabajo perseguimos asiduamente las licitaciones públicas relacionadas con aeropuertos y navegación aérea, entre otros temas aeronáuticos. Para los que no lo sepáis, una licitación es un proceso por el cual una administración pública pide que alguien, quien sea, le preste un servicio o le de un suministro. Los interesados en este trabajo deben aportar una oferta técnica (cómo lo van a hacer y con qué medios) y una oferta económica (cuánto va a costar), amén de una cascada de documentos burocráticos diversos. Tras esto, un comité designado por la administración evalúa la oferta más interesante en cuanto a calidad y a precio y adjudica la realización de trabajo al oferente.

El caso es que, por segunda vez en un mes, surgió una oportunidad en Marruecos, concretamente con la Office National des Aéroports (ONDA). Tuvimos que pedir corriendo la citada cascada de documentación, yo mismo me encargué de varios trámites burocráticos (pienso escribir una guía de legalización de documentos para quien le pueda servir), y me mandaron a mí, debido a mis conocimientos de francés, a Casablanca, el lunes, para retirar el aval del banco y entregar el pliego en el aeropuerto Mohamed V el martes a las 10, hora local, que es una hora menos.

El lunes a las 7:45 estaba en la oficina para ultimar los detalles, imprimir algún documento y marchar pitando al aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas Coca Cola. Este día coincidió con el mayor atasco en Madrid de 2015, por lo cual el jefe se retrasó, el mensajero se retrasó, y el taxista que me llevó al aeropuerto se tuvo que meter en dirección contraria para llegar a tiempo. El tipo del mostrador de facturación me metió un par de sustos diciendo cosas como "No te puedo dar la tarjeta de embarque... de mañana", y llegué al avión sudando como un pollo del calor y de los nervios.

Por suerte, el vuelo (con Royal Air Maroc) fue muy agradable y el paso por el aeropuerto de Casablanca fue rápido e indoloro. Enseguida llegué al lujoso hotel en que me alojé durante una noche, me duché y cogí un taxi a la ciudad, Casab como dicen los lugareños. 

El taxi era un Mercedes blanco de los años 80 bastante reventado y el taxista, Said, era un fenómeno barbudo que se saltaba las reglas de circulación aunque no hiciese falta. Acabó siendo mi compañero de viaje la mayor parte del tiempo que estuve allí, puesto que actué como en India y le pedí que me esperara mientras realizaba todos los trámites. Hasta tengo su teléfono para la próxima vez que vaya a Casablanca.

Este día, además de confundirme dos veces de sucursal, me fue imposible retirar el aval en el banco, para desesperación mía y de mi jefe (con el cual hablaba por teléfono cada poco) y a pesar de los ruegos e insistencia con los que molesté a Madame Abidine, a truly remarkable woman. Se conoce que el señor Director General tenía que firmar la autorización para emitir el aval y aún no le había dado tiempo, pobriño. Así que le dije a Said que me acercase a la mezquita de Hassan II, una atracción turística de la ciudad. Este fue todo el turismo que hice, aunque mereció la pena el corto paseo al lado del Atlántico.



De vuelta al hotel, donde trabajé un poco más para tener todo cerrado para el día siguiente y donde cené algo decepcionantemente poco tradicional. Por cierto que la gastronomía marroquí no se dignó a hacer acto de presencia en toda mi estancia, salvo unas lentejas en el desayuno del martes. 

Porque el martes desayuné, dejé los bártulos en recepción y esperé a mi austero conductor, con quien me había citado a las 7:30 hora local. A pesar del atasco de la entrada de Casablanca, llegué al banco antes que la mencionada señora Abidine, la cual, a su llegada, me condujo a la planta en la que me tendrían que dar el aval, si me lo daban.

A las 9, después de una espera bastante tensa, una empleada me dio el dichoso documento y bajé volando al taxi, a tiempo de meternos en otro atascazo. Mientras metía la documentación en el sobre correspondiente y cerraba la caja en la que iban los tres sobres de la oferta, le dije a Said "Tenemos que estar en el aeropuerto a las 10 menos cuarto", y el respondió "pas de problème". En ese momento yo pensé que iba a fracasar y no podría llegar a tiempo. Poca fe demostraba en las habilidades de Said, que poniendo el coche a 140 y adelantando por todos los huecos disponibles recuperó el tiempo perdido en el atasco y me dejó en el aeropuerto a las 9:43. "Appelle-moi la prochaine fois que tu es à Casab" [Llámame la próxima vez que vengas a Casablanca], me dijo; yo le dije merci beaucoup salam alikum.

A la hora señalada me encontraba en la dirección de la ONDA esperando la sesión de apertura, nervioso como el que más por si cometía alguna incorrección. Quitando que casi entrego mi pliego para la licitación 183 en lugar de la 180, todo salió bien. Así que me dirigí al hotel en la lanzadera que ponen a tal efecto, resolví el asunto del checkout (no exento de ciertos inconvenientes que me tuvieron que resolver desde Madrid) y me volví al aeropuerto para comer y realizar un último trámite en ONDA.

A las 15:55, después de la cola más ineficiente de control de pasaportes de la historia (único momento en que verdaderamente me tocaron las narices en el viaje) y de que cambiasen la puerta de embarque destrangis, estaba subiendo al 737-800 en el que volaría a Madrid, agotado pero satisfecho por el deber cumplido.

Una pena no haber visto más de Casablanca, que me recordó más a Portugal que a India, y cuyo tráfico, en el fondo, tampoco es tan malo. Habrá que volver.

domingo, 10 de marzo de 2013

Sonidos de la Tierra

El viernes, Iris me propuso ir a un concierto de música africana del cuya existencia había sabido mediante Facebook. Me pareció un plan muy divertido, y diferente, y encima tenía lugar cerca de mi casa, en la calle de la Nao, así que para allí nos fuimos.

Resultó estar organizado por Residui Teatro y Madera de Cayuco, en lo que luego supe que era el Centro de Artesanía de las Artes Escénicas. Al llegar, había un grupo de gente en la puerta, que parecían conocerse entre sí, con lo que nos dio un poco de corte, pero no hicimos el tonto y entramos. Una recepcionista italiana nos tomó los datos para hacernos "socios por un día" (dice Denis, y tiene sentido, que es para tener un marco legal en el que poder vendernos alcohol) y entramos a una espaciosa estancia con bastante poca gente, incluyendo los músicos themselves y otro par de chicos africanos, un técnico de sonido y un fotógrafo con pintas infames de moderno hispter.

Poco a poco fue llegando más gente, aunque no se llenó el local. Empezó el concierto con media hora de retraso, pero se nos pasó volando, y no nos arrepentimos cuando comenzaron a sonar los instrumentos, fabricados con calabazas. Dos de ellos eran una suerte de guitarras, pero que se tocan con ellas verticalmente en el regazo y rasgueándolas un poco como si fueran arpas. Creo que se llaman sylas, pero no estoy seguro. El tercer componente era una caja de percusión, acompañada por unas maracas y un platillo que el músico tocaba con la mano.


Me llamó la atención la riqueza de sonidos que producían estos instrumentos artesanales, así como la destreza de los músicos para tocarlos. Suenan parecido a una guitarra, al menos para mis oídos profanos en lo musical, y curiosamente el instrumento más grande era más agudo. En general las canciones eran bastante tranquilas, pero de cuando en cuando se arrancaban con ritmos más rápidos y bailones. Y resulta que los otros dos negros, que formaban parte del público, se pusieron a bailar con el flow eterno de la gente de color, animando considerablemente al resto del respetable. En algún tema, otros de los presentes se animaron a bailar también. Luego hubo un pequeño descanso, roto por el que parecía ser el líder del grupo, que se marcó un solo con otro instrumento más, muy pequeñico y que no alcancé a ver muy bien, que creo que se llama kalimba. Luego hicieron una mención al Día de la Mujer (Trabajadora) y cantaron la última canción que Iris y yo presenciamos, "un regalo a todas las mujeres del mundo", en la que pidieron a todos que hiciéramos los coros.  





Estuvimos una hora y media en el concierto, y si nos marchamos antes de que terminara fue porque teníamos un compromiso previo, una fiesta de despedida plagada de italianos en casa de María Ester. 

Flash forward al sábado por la noche, cumpleaños de Laura Curráis. Iris y yo hemos acudido y ahora estamos en Lavapiés con ella y su amigo Jorge, tomándonos la última. En esto que, mientras buscamos el bar en el que hacer eso, pasamos delante de un grupo de africanos y me dice Iris: "¡Es el de ayer! ¡Es el chico de ayer! Lleva los mismos zapatos y botas". Claro, yo fui escéptico, pensando que en Madrid, y más en Lavapiés, habrá miles de negros con vaqueros remangados y botas así, y eso le hice saber, pero unos paisanos que estaban al lado se enteraron de refilón de la conversación y nos dijeron que sí, que el hombre en cuestión tocaba la syla o como se llame. Le faltó tiempo a Iris para abordar al músico, confirmar que era él y decirle que habíamos sido su público y que nos había molado mucho. Él, cuyo nombre creo que no nos dijo, y cuya cara emanaba paz y felicidad, nos dijo que el grupo se llama Sonidos de la Tierra (Bogi-Jui es la transliteración del nombre original), y que tanto él como el percusionista son de Guinea-Conakry (o Guinea a secas), siendo el otro cordista de Gambia. Y que otras veces tienen a un guitarrista flamenco, y que todos los instrumentos (salvo la guitarra y el platillo, me imagino) son artesanos y hechos con calabazas, y que el sábado que viene tocarán en un restaurante guineano de flamante apertura. Por si a alguien le interesa, el Pilum, en la calle Rodas, 9, este sábado a las 22. 

Esta mañana los buscamos en la red, y tienen Facebook y algunos vídeos en Youtube. El hecho de encontrarnos al integrante por la noche hace que me haga doble ilusión haber ido al concierto, y que tenga bastantes ganas de ir al siguiente.

Un frescunzo.