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lunes, 17 de junio de 2019

Luna llena sobre Navacerrada

Casi, casi llena estaba la luna este sábado, y bajo su intensa luz plateada nos lanzamos seis caminantes a acometer la Cuerda Larga. Es tradición, ¿quién lo sabía?, en los plenilunios estivales, recorrer la cresta que separa Navacerrada de Morcuera, el espinazo de la sierra entre Madrid y Segovia.


De la hora bruja a la hora del gallo recorrimos las catorce millas entrambos puertos, de la Bola del Mundo al pico Najarra, entre vacas y cabras montesas, al auspicio de Júpiter y Antares, que acompañaban a Selene como dos rémoras de oro. La ruta es difícil, no por la oscuridad, que sí, no por la extensión, que también, y no por el desnivel, que por supuesto, sino por transcurrir entre granito fragmentado, como si se hubiese roto en pedazos la roca de Sísifo y se hubiese desparramado desde la cima.



Tampoco faltó el frío ni nos puso reparos el viento, y se diría que era invierno, y apretamos el paso para cobijarnos al abrigo de la penúltima cumbre, ya tan cerca de la meta, cuando el horizonte se sonrojaba por la parte de Alcalá. Y entre bastiones de cuarzo y feldespato vimos salir a Faetón al galope, riendo exultante como nosotros.


La sierra se tiñó de trinos de pájaros y se roció de colores, desperezándose. A Najarra lo dejamos a nuestra derecha y bajamos por un camino más amable, entre cabras montesas y vacas, al auspicio de Venus Afrodita.

miércoles, 15 de mayo de 2019

West Coast is the best coast

El próximo viernes, día de las Letras Gallegas, Iris y yo nos vamos a la costa Oeste de Estados Unidos. Nos han invitado a una boda en Portland (Oregón), así que allá nos vamos, via San Francisco y Yosemite, y volviendo por Seattle.


Los novios son Kaylyn y Evan, que estuvieron en nuestra boda. Kaylyn es una auténtica enamorada de Baiona, y los dos disfrutaron mucho de nuestra pequeña costa oeste. Ahora les devolveremos la visita. Tengo muchas ganas de conocer San Francisco, también conocido como el Vigo americano (tienen hasta su versión del puente de Rande y de la Isla de San Simón), y Seattle (que debe ser como Ferrol), pero lo que más me llama es el parque nacional de Yosemite.

Colgaremos fotos de nuestro viaje, ¡estad al loro!

jueves, 25 de abril de 2019

Caleao


realizarse es trascenderse más allá de los hechos hasta alcanzar
cierto tipo de equilibrio, como, por ejemplo, un árbol.
Hace muchos años, con mis padres (pero sin Constanza), hice una ruta de montaña en el asturiano parque natural de Redes, concretamente alrededor de Cabeza de Arco en Caleao. Esta montaña me fascinó, y desde entonces he querido volver. Sin embargo, los amigos que nos habían acogido se separaron y nunca más tuvimos la ocasión de hacerlo. A menudo he hecho comentarios a mis padres sobre este lugar, pidiéndoles que volviéramos, y esta Semana Santa lo hicimos, por fin.

Caleao es un pueblo diminuto colgado en un desfiladero al final de una carretera del Concejo de Caso. Para llegar a él, igual que para Gistaín en los Pirineos, es necesario pasar por algunos túneles excavados crudamente en la roca viva, que tienen toda la pinta de quedar tapados por la nieve en invierno. Imagino que el pueblo vivió de la agricultura y el pastoreo de subsistencia, y ahora parece hacerlo del turismo rural, a juzgar por el nuevo bar y pequeños hoteles de montaña que se encuentran ahora en el pueblo. A pesar de las modernizaciones, el pueblo estaba más o menos como lo recordaba. Y la montaña, exactamente igual.

Enfrente de Caleao empieza el camino de los Arrudos, que es bastante famoso y es lo que podríamos denominar un sendero "comercial": ancho, cementado en gran parte, con carteles explicativos y barandillas sobre el río. Nosotros no hicimos esa ruta, sino la PR-AS-124, que es más exigente, y por tanto, menos transitada. Sube por el valle de Xulió, asciende por la ladera de Cabeza de Arco hasta llegar a un collado entre esta y el Retriñón, y luego baja por la ladera del otro lado hasta desembocar en el Desfiladero de los Arrudos. Son unos 14 km si no se sube a Cabeza de Arco, y unos 16 si así se hace.
La ruta la acometimos los cuatro Gafu, Iris, y mi prima Camino y su novio Álex. Camino es geóloga y muy montañera, y Álex es bombero y un armario empotrao, así que son muy buenos compañeros de caminata. Salimos alegremente y con un tiempo excelente del pueblo, subiendo por el falso llano rodeado de hayas que es el valle de Xulió. Antes de salir del hayedo nos perdimos varias veces, yendo un rato por el cauce del río, y escogiendo un camino equivocado en otra ocasión. El camino está marcado, pero en muchas ocasiones faltan indicaciones, o son ambiguas. Pero en cuestión de hora y tres cuartos salimos a un ensanchamiento del valle, con unas cuantas chozas para pastores o ganado, con el prao encharcado y un sol increíble. Hasta ahí, solamente nos cruzamos con un paisano que iba a tope, subiendo por la parte difícil de la ladera.

subiendo el valle de Xulió
 En esta parte, quizá porque este año ha habido desplazamientos del terreno debido a la nieve y las tormentas, el camino estaba muy complicado de seguir y nos volvimos a perder, hasta que Álex, que llevaba un GPS, se dio cuenta y propuso bajar hasta el río otra vez por una bajada un tanto accidentada. Si lo hubiera propuesto otro, igual habríamos retrocedido para encontrar el camino bueno, pero si esto te lo dice un bombero, la verdad es que te quedas más tranquilo, así que hicímoslo.

La subida de esta vega al collado fue, sin duda, la parte más dura, y nos llevó otra hora. Os aseguro que el esfuerzo merece la pena. Iris se quedó boquiabierta al ver las vistas, y yo sentí ese regocijo que te embarga cuando vuelves a ver a alguien o algo que hace años que no ves, y es exactamente igual que como recordabas, y ese pequeño temor que te rondaba la cabeza se disipa, y se te olvidan las preocupaciones de repente.

la comitiva en el collado. Al fondo, el pico Retriñón
 Allí nos paramos para comer, salvo Álex y Camino que se animaron a remontar Cabeza de Arco. Los demás consideramos que la subida iba a ser demasiado exigente, pero mi padre, Iris y yo sí que ascendimos a unas pequeñas lomas sobre el collado. Luego comimos nuestros bocadillos de la abuela (de carne mechada), o nuestras ensaladas sin gluten, cada uno lo suyo, y echamos una pequeña siesta al sol del mediodía, por supuesto sin dejar de sacarnos unos obligados selfis. En este collado sí que nos encontramos con tres o cuatro parejas de montañeros, pero en general teníamos la montaña para nosotros.

Después de folgar, comenzamos el descenso hacia los Arrudos. Camino, que como ya he dicho, es geóloga, y mi madre, que es bióloga pero ha dado Geología en el instituto durante treinta y cinco años, iban indicándonos los numerosos ejemplos de estratos del suelo, diferentes composiciones geológicas del terreno, y dando una clase práctica en general. La verdad es que la zona es perfecta para este tipo de menesteres; por la noche, Camino me mandó un mapa geológico del área y es un sueño para cualquier geólogo.

Iban las dos como locas señalando piedras
 Esta bajada es más complicada de lo que parece en un primer momento, y nos llevó un buen rato. En la ocasión anterior en que hicimos la ruta, nos había pillado la lluvia bajando, y tuvimos que cobijarnos en uno de esos refugios de pastores, que estaba abarrotado de senderistas que habían tenido la misma idea. Sin embargo, esta vez, la hierba hasta amarilleaba de lo seco que estaba todo, a pesar de una cascada que se oía desde bien lejos y con cuya agua, más abajo, llené mi cantimplora (por cierto, que estaba exquisita).

Tras algo menos de una hora, llegamos a los Arrudos y su sendero amplio, y desde ahí fue un paseo sencillo hasta Caleao, con más gente pero tampoco mucha. Y esta ruta también es espectacular a la vista, y es muy recomendable para un grupo al que le imponga la versión que hicimos nosotros. Me quedé con ganas de volver a ver un descenso alternativo que habíamos hecho la otra vez: un estrecho sendero alfombrado con hojas de haya, empinado y encantador. Sin embargo, nada empañó un maravilloso día de montaña, en un paraje espectacular, con una compañía inmejorable y un tiempo ideal.

- Un arbol. - Un árbol. - No, un arbol
Ni siquiera las siete garrapatas que me descubrí el domingo. Claro, echando la siesta entre bosta de vaca, qué esperábamos.

viernes, 19 de abril de 2019

Derrota en Peña Mayor

Llevo un año y algo obsesionado con la montaña. De pequeño, mis padres nos llevaban muy a menudo, pero desde que vivo en Madrid, he ido tres o cuatro veces. En Inglaterra hice algunas rutas, pero lo que se dice monte, solamente en Gales. Así que estoy decidido a ir mucho más. Este curso empezamos por la sierra de Huétor en octubre, y espero que vaya a más.


Hace una década, mi familia y yo, con mi tía Selica incluida, nos perdimos en Peña Mayor, entre Nava y Pola de Laviana, en el centro de Asturias. Teníamos que dar la vuelta a la citada peña, pero nunca llegamos a encontrar dónde, por lo que seguimos recto hasta encontrar un bar en el que preguntamos "¿Dónde estamos?". Resulta que nos habíamos pasado por un rato largo y estábamos en Condado. Al menos, como recuerda Constanza, tomamos café de pota.

Hace horas, Peña Mayor volvió a derrotarnos a los cuatro y a Iris, esta vez por medio de la niebla, en lugar del subterfugio. Conseguimos avanzar más que la vez anterior, pero tuvimos que darnos la vuelta para no arriesgarnos a perdernos y despeñarnos.

o a que nos comiese un trol
La ruta que rodea Peña Mayor sale de Melendreros, o de Fayacaba, que es el pueblo de al lado, y después de una subida bastante dura (por lo empinado y por estar cementada, que resbala), llanea un poco y permite respirar. Pasando a la derecha de cercados de ganado bovino y ovino (e incluso caprino) y rodeando un par de casas de piedra preciosas, acaba dando a una pista que por un lado baja a Entralgo y por el otro sube a "Campa Gües", un bar inverosímil en un collado precioso. Allí, un paisano montañés nos dio indicaciones para llegar al pozo Funeres, y más allá, a la antena de telecomunicaciones que marcaba el puerto. Nos dijo que iba a abrir la niebla, porque había viento, y también que teníamos para cuatro horas de camino hasta terminar la circular.

a la izquierda está el bar Campa Gües. Por esta loma subimos, y luego subimos otra más casi igual
Tras unos veinte minutos o media hora desde el bar, llegamos casi por sorpresa al pozo Funeres. El pozo es tristemente célebre por ser usado por los fascistas en 1948 para asesinar a nueve personas relacionadas con los maquis. Es una cavidad profundísima, de la que no se ve el fondo desde arriba, pero sí se puede ver una placa conmemorativa de 1984.


aquí el pozo y unos que pasaban por allí


Después de Funeres, anduvimos entre los espinos albares y la niebla tratando de volver a ver la antena que habíamos escudriñado en algún momento de breve claridad. Queríamos evitar cometer el mismo error de la vez anterior, y terminar esta dichosa ruta. Así, acabamos zigzagueando por la ladera arriba, y ¡por fin!, encontramos la antena y un camino como dios manda que llevaba hasta ella. A su pie, aprovechamos para comer algo y para planificar el resto del camino.

y para hacernos selfis, por supuesto
Sin embargo, nos dimos cuenta de que no teníamos ni idea de cómo continuar. El camino moría en la caseta de telecomunicaciones. El GPS de cada móvil nos situaba en un sitio distinto. Los mapas eran de difícil adecuación al territorio. No hay señalizaciones ni hitos en la cumbre. No había gente. Estábamos un poco perdidos, otra vez.

por si fuera poco, nuestro guía se había vestido de camuflaje de niebla
Tras mucho trasiego con libros, mapas y móviles, y gritarnos un poco en alegre españolidad, decidimos tomar la cresta en sentido opuesto al que habíamos llevado hasta entonces, es decir, ya comenzando el segundo tramo del circuito. Sin embargo, al poco de andar por la cara nordeste de la cresta nos percatamos de nuestro error. Allí no había camino ni nada parecido, y transitar entre la hojarasca de las hayas que cubren las traicioneras piedras de caliza se hacía muy complicado. Así que propuse y fui secundado en volver a la cresta y tomar el lado opuesto, tan carente de hayas como de camino. Por aquí seguimos un rato más sin saber nunca muy bien si era el camino adecuado.

arriba: el camino transitable
Así que nos paramos a comer nuestros bocatas de tortilla, esperando que la niebla se levantase de una vez, cosa que no sucedió. Ante esto, dimos la vuelta por el camino andado (a excepción de la debacle del hayedo), por la antena, el zigzag, los espinos, el pozo, una loma y después la otra. Y al llegar allí, se levantó la niebla por fin, lo cual, aunque ya no nos permitió hacer la ruta como queríamos, sí nos dejó ver una bandada de buitres muy de cerca, y todo el valle de Melendreros muy de lejos, llegando hasta, qué sé yo, el Entrego o algo por el estilo.

tal que así
Tras una parada técnica en el famoso bar, ya no nos quedó más que bajar triscando por el monte, cada vez más soleado. A pesar del chasco de Peña Mayor, fue un día estupendo, con una temperatura excelente, ninguna molestia en cuestión de domingueros (nada más que apacibles montañeros y montañeses), en el que vimos unos cuantos pájaros y hasta pudimos disfrutar de las vistas. Así que todo muy guay.
 
TODO MUY GUAY


domingo, 20 de agosto de 2017

Excursión en los Brecon Beacons

¡Hola! Qué barbaridad, qué poco he escrito este año, vaya por Dios. A ver si narro mis aventuras en Inglaterra y de otro tipo. Por lo pronto, os voy a contar la ruta que hice ayer en los Brecon Beacons, Gales.

la ruta se llama Horseshoe Ridge y esto es un valle glaciar
Un tipo del trabajo, llamado Russell Hepton, organizó esta excursión, con el ingenioso nombre de Dyson Hike y el motivo de recaudar fondos para luchar contra el Alzhéimer. Esto es una cosa que hacen en Gran Bretaña mucho: organizan alguna actividad guay pero que requiera cierto esfuerzo y piden dinero a la gente a cambio de realizar la gesta. Me parece un poco raro; en particular, no veo la relación entre hacer una caminata y que alguien decida donar a una fundación de investigación, pero el caso es que funciona.

A mí hacía mucho que me apetecía visitar los Brecons y hacer una buena ruta de monte, no como los paseíllos que me he dado hasta la fecha. Que están genial, sin duda, pero me apetecía algo un poco más desafiante, así que este plan me venia como anillo al dedo. De mi grupo de amigos solamente se apuntó Bhanu, con su mujer Sonika, que graciosamente se ofrecieron a llevarme en coche. Así que a las siete de la mañana nos encaminamos desde Malmesbury capital hacia el país de Gales, con un agradable sol matutino que fue desapareciendo conforme nos acercábamos, llegábamos a, y nos adentrábamos en aquel. Y así nos reunimos con la comitiva Dysoniana, unas dos docenas de personas de las cuales reconocí un par de caras. Allí nos tomamos un café a unos agradables 9 grados, agradecidos por habernos llevado todo tipo de abrigo.

A las nueve y media nos pusimos en marcha tras una breve arenga de Russell, sin olvidar la obligatoria foto para los anales de la historia. Nuestro plan era reunirnos en una cumbre llamada Pen y Fan, a unos 850 metros de altitud, para hacernos otra foto, y luego bajar al siguiente valle, volver a ascender y seguir el risco hasta completar el circulo.

lo último que nos dijo antes de empezar fue Please don't die, "no muráis, por favor"
El primer tramo fue largo y sorprendentemente duro. Desde el valle, ascendimos unos 200 metros hasta el paso, lo cual nos llevó una hora poco más o menos. La temperatura era bastante fresca, con lo cual apenas nos quitamos trapo, y menos mal, ya que en lo alto había niebla y soplaba el viento. Tal era el panorama que apenas esperamos por los rezagados y continuamos el ascenso hasta la cumbre más alta, la anterior a Pen y Fan. Allí aún era peor el viento, que nos azotaba las piernas y la cara con las gotas de agua de la niebla, la cual impedía que disfrutáramos de cualquier tipo de vistas. Así que con la cabeza gacha para evitar las inclemencias del tiempo seguimos hasta el punto de reunión, que alcanzamos enseguida.

veranito en Pen y Fan
Allí hacía un tiempo estupendo para ser marzo, así que aprovechamos para comer algo mientras esperábamos al resto de montañeros, entre los que se encontraban mis amigos indios. Cuando todos hubimos subido, nos sacamos otra foto de grupo y poco después comenzamos un abrupto descenso hasta un collado, donde volvimos a subir a la tercera cumbre. Esta subida fue absurdamente empinada. En lugar de hacer eses como muchos caminos de montaña, subía directamente por la línea de máxima pendiente, y entre eso y el peso de la mochila, mis piernas ya pedían clemencia a gritos.

sí, había unos pocos escalones. No, no iban hasta abajo
De nuevo comimos un poco en la cima, y de nuevo una abrupta bajada, en este caso ya hacia el valle. Nos cruzamos con unos soldados de maniobras, en cuyas mochilas habría cabido yo entero, y bajamos lentamente por el valle glaciar hasta casi el final. En este hay un antiguo embalse victoriano, cuyas funciones hoy ha asumido un embalse más moderno, pero el cual aún se puede admirar. Al llegar allí había salido el sol, a pesar de que durante la bajada había llovido un buen rato. Eran las 12.45 y llevábamos la mitad de la distancia recorrida. Aprovechamos el sol y comimos un poco más (ciertamente estábamos todo el rato comiendo, en mi caso casi exclusivamente frutos secos, chocolate y fruta) antes de afrontar la última subida.



Madre mía.

La comitiva, que estaba casi al completo al llegar al embalse, se fue desgajando, alargando y dispersando por la ladera, tratando de ascender por el sendero pedregoso, parando a menudo para recuperar el aliento, aferrándose a la persona anterior como los ciclistas, haciendo caso omiso al fuego que ardía en nuestros muslos, resoplando y suspirando en los escasos llanos que ofrecía el camino. Es la subida más exigente que he hecho en una década, no sé si por todo lo que habíamos andado ya, por la falta de práctica, porque estoy mayor o por la carga y el abrigo, o por todo eso junto. Pero al llegar a la cima, uno tras otro exhalábamos un grito de triunfo, volviéndonos hacia el precipicio a animar a los siguientes compañeros, dando algo de descanso a nuestras fatigadas piernas.

el embalse victoriano. La subida fue un poco más a la izquierda, no se ve en esta foto
Una vez reunidos y reposados, emprendimos el penúltimo tramo, todo a lo largo de la cumbre para cerrar el circulo. Este, si bien fue mucho más relajado, no resultó tampoco fácil, debido a lo accidentado del terreno, que requeria sortear charcos e irregularidades. En nuestras cabezas no debía de haber más que ganas de acabar, puesto que las conversaciones escaseaban, y de nuevo se desgranó el grupo. Al llegar al primer paso, de nuevo el tiempo era miserable, con lo cual decidí no esperar por Bhanu y Sonika y me dirigí por aquel primer y largo tramo hacia los coches. A estas horas, había muchas más personas, en diferentes rangos de preparación montañera, que desde luego no tenían pinta de ir a caminar tanto como habíamos hecho nosotros.


Poco a poco fui adelantando a la mayoría de los miembros del grupo, y a un imbécil que llevaba la radio sonando a todo trapo, que bien podía haberse quedado en su casa a ser imbécil. Cuando retorné al punto de partida habían pasado cinco horas y media y yo estaba hecho polvo. El resto de gente fue llegando poco a poco, comentando la jugada, tomando café y despidiéndose progresivamente. Bhanu y Sonika llegaron media hora más tarde que yo, y poco después nos despedimos de los Brecon Beacons, muy felices y muy satisfechos.

Y al llegar a casa, me di un baño caliente y relajante que casi me olvido de mi nombre. Por supuesto, dormí como un bebé.

sábado, 30 de mayo de 2015

Val de Chistau



Hace 15 días (ya!?) celebramos la boda de mi amigo Alberto Maestre, ("el Judío") con Adrienne Stinson. En realidad se casaron hace más de dos años, pero lo hicieron en Canadá y no hubo fiesta, así que Cazcarra organizó un fin de semana largo en los Pirineos. Resulta que la familia Cazcarra proviene del valle de Chistau, en Huesca, entre Monte Perdido y el Valle de Arán. Así que nos pudimos alojar en las casas montañesas de Gistaín y Biadós.

Los Maestre-Stinson, Manu y Sandra y la también canadiense Allison salieron en Ave desde Madrid a mediodía con tiempo para visitar Zaragoza, mientras que Iris,  Lezana y yo lo hicimos más tarde; Cazcarra y Belén condujeron desde Teruel y Jaime (Artista) tomó un tren en Barcelona.


  

En Zaragoza nos encontramos todos y alquilamos un coche, ya que solamente en el Cazcamóvil no cabríamos los 11. Iris, Alison, Alberto, creo que Jaime y yo fuimos en el coche de alquiler conducido por Cazcarra, y felizmente cruzamos los Monegros, llegando al Pirineo bien entrada la noche. Lo único que podíamos distinguir del paisaje eran los túneles cortados a pico, de geometría indescriptible. Al fin llegamos a Gistaín, o Chistén como dicen en el lenguaje propio del valle: el chistavino.

La primera noche la pasamos en la casa de la familia Cazcarra, donde vivía su abuela hasta su fallecimiento hace algunos años, y que hoy está dividida en dos viviendas; ocupamos las dos. Se trata de casas de poca superficie, de dos plantas, con una estancia amplia en la baja y minúsculas habitaciones y baño en la alta. Y qué bien se duerme en ellas. Aire fresco, silencio, cálida madera... Lástima que los albañiles venían a las 9, porque habría dormido hasta mediodía.

Levantarse y mirar por la ventana era la felicidad pura:


Este día lo dedicamos a aprovisionarnos y festejar tranquilamente la unión de nuestros amigos, para lo cual Cazcarra nos llevó a la cabaña que un hermano de su padre ha construido (con sus manos) en una senda que lleva a montes aún más altos.

Antes de llegar, por cierto, nos enseñó el Puen Pecadó (creo que es así, significa el Puente del Pecador), un puente sobre un cañón por el que pasa el río embravecido, así llamado porque en la Edad Media tiraban a las brujas y los herejes. De esto no hay foto, porque semejante espectáculo no puede ser capturado bien con una cámara. Lo pensé cuando estaba allí y decidí fijarlo muy fuerte en mi memoria y prescindir de imágenes y demás herejías.

El sitio al que íbamos es esto:


Y desde allí se veía esto:


La hierba llegaba hasta las rodillas, el aire de la montaña es embriagador por su pureza y su frescor, el viento mecía las copas de los árboles pero a su través calentaba el sol primaveral, y allí estaba yo con varias de las personas a las que más quiero.

Comimos caldero del Mar Menor con alioli, cortesía de Manu, Alberto, Luis y Jaime (espero no dejarme a nadie, porque estaba buenísimo), regado con numerosos vinos, cerveza, patxarán de verdad y aguardiente, y como era de esperar nos emborrachamos alegremente. Por suerte, Artista se había traído la guitarra y varias tablaturas, y estuvimos toda la tarde cantando canciones españolas y latinas. Fue una noche muy feliz, en la que hice judo por encima de mis posibilidades, asamos unas cuantas patatas y carbonizamos el resto, reímos mucho y dormimos a pierna suelta.

Al día siguiente, después de recoger la fiesta, tocaba una pequeña caminata (unos 7 km) hasta el refugio que gestionan los mismos tíos de Cazcarra (curiosamente, en este valle hay tantos Cazcarra que a esta rama de la familia no la llaman Cazcarra). Nos ayudó para afrontar el paseo una suculenta tortilla que nos hizo Artista para desayunar. En la subida pudimos ver un rebaño de vacas, con un buey enorme; un búnker de la época de la Guerra Civil; un campamento de verano, en este momento vacío, para colegios y esas cosas; un rebaño de ovejas y unas vistas espectaculares.


Después de alcanzar el refugio retozamos un poco por la hierba, comentando la noche anterior y disfrutando del sol, que hoy pegaba más fuerte que ayer. Había un montón de aves, casi seguro buitres, y estoy bastante seguro de haber visto un águila real, pero no puede encontrarla con los prismáticos porque teníamos que comer. Y comimos un montón y muy bien y repusimos fuerzas para bajar de nuevo.

La noche anterior y la caminata nos habían dejado rendidos, y al llegar a casa, en el pueblo, el cual por cierto visitamos rápidamente (pues es diminuto), la gente estaba bastante poco animada. Por suerte, yo en mi astucia había traído una botella de licor café, lo cual, combinado con que en ese momento entregamos un regalo a los novios, sirvió para reanimarnos. Les regalamos una tablet, que esperamos que sea de utilidad, así como un juego de mesa llamado Samurai Sword que le recomiendo a todo el mundo. He de decir que a pesar de que no nos regalaron con su presencia, sí participaron en el regalo Valma, John Wayne, Diego y el Belga.

De nuevo la guitarra fue invocada y bien usada, y a pesar de que las chicas fueron cayendo una a una y retirándose a sus aposentos, pudimos probar el juego nuevo, y cuando ya solo quedábamos los ingenieros despiertos nos jugamos un mus a cuatro reyes (cosa que Luis anhelaba desde hace tiempo).

Al día siguiente nos fuimos temprano y nos dio tiempo de visitar Aínsa, un pueblo bastante turístico justo antes de las montañas:


Por fin alcanzamos Huesca, de donde salía el tren que cogeríamos Iris, Luis y yo. Allí comimos los once en un restaurante chino donde no hablaban nuestro idioma. El resto se fue tras abrazos diversos y nos quedamos los tres paseando un poco por Huesca (que es pequeñica) y disfrutando de los últimos momentos de un fin de semana para no olvidar.

Como dijo Cazcarra con el vaso en alto: "Para que esta no sea 'aquella vez' sino 'la primera vez'".

jueves, 18 de abril de 2013

La Bola del Mundo

En diciembre fui de monte con el tío Fols (conocido también como Luis Reguera) y su amigo Miguel Pacho, ambos leoneses. La ruta elegida era la Cuerda Larga, que son 16 km de crestear entre Madrid y Segovia empezando en el puerto de Navacerrada. Fols fue muy insistente en que unas polainas eran imprescindibles, porque, no sé si os acordáis, nevó la de mi madre por estas fechas. También se puso un poco nervioso respecto a mi capacidad senderista, sobre todo porque yo no me quise sobreestimar, ya que desde mi operación de menisco no había subido a la montaña. Se ve que el hombre tuvo malas experiencias, por supuesto, con chicas.


La zona ya la conocía yo de marzo de 2012, como ya conté en este blog. En esta ocasión íbamos a la otra vertiente, la este. A eso de las 10, ya no me acuerdo, estábamos en el aparcamiento de la estación de esquí, en el Folsmóvil, poniéndonos los aperos. Me dejaron un bastón de esquí y tiramos para arriba, y ya tengo las fotos de la escursión y por eso os cuento esto en mitad de la primavera. 

a ver si se aprecia: la nieve forma "plumas" al caer mientras sopla el viento, y son espectaculares

asín de niebla había
Había una niebla del quince, y después de la subida a la citada Bola, nos dimos cuenta de que, con los medios de que disponíamos, era imposible realizar la ruta. Sólo con un GPS o un guía que se la supiera de memoria evitaríamos perdernos, y no estoy tan seguro de lo del GPS. Nuestro gozo en un pozo, pensamos, y qué hacemos ahora, nos preguntamos unos a otros, puesto que llevábamos una hora y algo de caminata. Que, si bien había sido dura, por la nieve y la baja visibilidad, también resultó corta en distancia: en un día soleado habríamos visto claramente los restaurantes del puerto. 
Al final decidimos intentar el camino Schmidt, que es lo mismo que la vez anterior que estuve allí. De nuevo, el acceso al camino parecía la ciudad, por la cantidad de coches y gente que piensa que la montaña debería estar asfaltada y tener wifi. Por suerte, en cuanto se pone mínimamente difícil el paso se rajan el 80 por ciento, así que en seguida nos vimos más solos, y en media hora nos quitamos de encima a los rezagados. Sin embargo, entre pitos, flautas y paradas técnicas se nos estaba haciendo un poco tarde, y queríamos ver cumbre otra vez, así que tiramos por la línea de máxima pendiente para desembocar, de nuevo, en el Alto del Telégrafo (o por ahí). La ruta escogida era prácticamente virgen, o todo lo virgen que se puede ser allí. En todo caso la nieve estaba sin pisar, y el paisaje, en verdad os digo, era sobrecogedor, pues se trata de la cara norte:

y en cara norte se mantiene más tiempo la nieve
Acabamos comiendo casi en el mismo punto que en el cumpleaños de Jorge en marzo, pero con menos vistas por la mencionada niebla. El bocata de Fols era de chorizo o cabeza de lomo, no me acuerdo, y el mío, por no saltarnos las tradiciones, de queso con anchoas y tomate. 

Al bajar de nuevo al coche, encantados de la vida, decidimos que nos merecíamos un chocolate caliente, y así lo hicimos saber en el primer bar de carretera (muy glamuroso) que nos encontramos en la vuelta a Madrid. 

Viva la vida.

Enzo, Fols, y las Polainas de la Verdad



lunes, 12 de marzo de 2012

Excursión Dominguera

Ayer domingo celebramos el cumpleaños de Jorge, un compañero de la escuela. Y lo hicimos de manera original y abstemia, con una jornada de senderismo en el puerto de Navacerrada (que está entre Madrid y Segovia, para el que no lo sepa).

Subimos hasta el mismo en tres coches, sumando 12 personas a las que luego se uniría Carlos, que vive ahora en Valladolid y venía por su cuenta. Tras un malentendido con la Benemérita que casi les cuesta un multazo a cada conductor (la culpa fue de dos guardias que no se pusieron de acuerdo, y uno tenía mal genio) y una obligatoria espera porque aparentemente ninguna mujer puede pasar dos horas sin mear, empezamos el llamado camino Schmidt, que  Jorge conoce porque entre otras facetas es boy-scout y se ve que se lleva a los críos por esos derroteros. 

El principio del camino era asfalto y parecía Preciados, todo lleno de familias y tal, pero enseguida llegamos al final de una de las pistas de esquí que se encuentran en el puerto y ahí se quedaron los domingueros. A continuación avanzamos por un camino lleno de nieve y hielo entre los pinos, con menos gente pero todavía bastante concurrido. Y cuál no sería la sorpresa de todos, incluyendo la del líder del grupo, cuando nos encontramos que una empinada pista de esquí nos cortaba el camino, literalmente. 

Después de un rato de confusión decidí hacer de mastín y tiré hacia la cima de la estación (que no está muy lejos, afortunadamente), porque tampoco nos íbamos a arrugar nada más empezar. Ahí ya nos salimos del sendero y anduvimos a la orilla de la pista hasta que, con terreno plano bajo nuestros pies, cruzamos toda la nieve y recuperamos un, si no el, camino. Cabe señalar que un par de chicas que habían optado por Converse All Star TM empezaron a sufrir su decisión, por lo del campo a través y esto.



Superado este obstáculo caminamos media hora o tres cuartos sin más complicación que ciertos parches de nieve y hielo y llegamos a una explanada con unas vistas cojonudas, lugar que el grueso de la tropa aprovechó para dar por bueno el día de senderismo, tirar las mochilas, sacar la comida y ser urbanita en general. Era la una y media, pero bueno, me cepillé el bocata de manchego con anchoas y tomate, que es una delicia.

Como Carlos, Catur (as in Pablo Caturla) y yo no nos habíamos quedado satisfechos decidimos subir hasta la cima del monte, e hicimos tal. Nos costó un buen rato llegar, pues perdimos el sendero al principio. Aunque eso de sendero es un tanto optimista. Lo único que había eran hitos (montoncitos de piedras que un montañero deja para señalar un paso más cómodo, o una ruta) y el avance era complicado entre ramas, nieve, rocas y árboles caídos. Pero compensó. Vaya si compensó.

la cámara no pudo captarlo, pero se veían claramente la Cuatro Torres Business Area y las Torres Kio, y con más dificultad la Terminal 4 de Barajas
Me sorprendió muchísimo la frondosidad de la zona. Acostumbrado a downtown Madrid, me imaginaba que esto sería un secarral, pero más bien todo lo contrario. Eran coníferas y abedules y encinas, y roca granítica como en Galicia. Me encantó. Los tres arrojados montañeros dedicamos un buen rato a disfrutar del paisaje, e incluso llamamos a los de abajo, a quienes distinguíamos como puntitos en la explanada. Una pena no llevar prismáticos, que habrían venido bien también con todos los buitres que avisté cuando conducíamos hasta el Puerto.

En fin, luego bajamos con los otros, lo cual nos llevó tres cuartos de hora entre nieve y rocas. Una vez reunidos todos, charleteamos un tiempo y  nos bajamos a eso de las cuatro y media. Para alcanzar el aparcamiento desde la estación bajamos caminando (aunque hubo quien se tiró) por una pista de esquí, con el alborozo correspondiente. Nos repartimos en coches, nos despedimos y concordamos en que había sido la leche y que deberíamos repetir. 

Y es cierto, hacía tiempo que no iba de monte y volví a casa reventado y absolutamente feliz.

P.D.: Lo único malo es que llegamos tan tarde a Madrid que no me dio tiempo a ir al concierto de Los Beatos en el  CMU Antonio de Nebrija. ¡Los planes buenos tienden a coincidir en el tiempo! Cuando me disculpé con (el guitarrista de Los Beatos) Alberto Maestre, alias Judío, me dijo "it's ok, la cabra tira al monte".