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martes, 12 de julio de 2016

Agustín Fernández Paz

da Wikipedia galega
Hoxe morreu o meu mestre Agustín Fernández Paz, prolífico escritor de literatura xuvenil e profesor, durante varias décadas, de lingua e literatura galegas. A nosa xeración de alumnos do IES Rosais II tivo a sorte de estudar baixo as súas ensinanzas en cuarto de ESO, pero eu coñecín a Agustín anos antes, cando vivía no meu mesmo edificio e a miña nai nos levou á miña irmá e a min a pedirlle que nos adicara "Contos por palabras". "Para Enzo e Constanza, que van ser uns lectores estupendos", asinou.

Pola miña experiencia, Agustín era ante todo unha boa persoa. Lémbrome dunha ocasión na que eu estaba a debuxar garabatos (claro) no meu libro de galego, e el o viu pero no canto de enfadarse admirou os meus debuxos, dicindo que o facía moi ben. A xenerosidade e sinxeleza de Agustín déronme tanta vergoña que non deixei de atender ó resto das súas leccións no que quedaba do curso. Nunca, nunca lle escoitamos unha palabra máis alta ca outra, nunca perdeu os nervios, sempre tiña boas palabras para connosco.

A última oportunidade de interactuar co mestre foi a través do Twitter, que usaba con elegancia para pór de relevancia as inxustizas da sociedade actual. Gracias á rede social puiden felicitar o seu derradeiro aniversario: uns 69 anos que son cruelmente escasos para unha persoa do seu calado, literario e humano.

Descansa en paz, mestre. Non te imos esquecer.

lunes, 21 de marzo de 2016

Por quién doblan las campanas

imagen de library.sc.edu
En febrero leí, de un tirón, al señor Hemingway en Por quién doblan las campanas. Para quien no lo sepa, se trata de una novela ambientada en la guerra civil española, cuyo protagonista es un americano que combate junto a las Brigadas Internacionales, Robert Jordan. Jordan traba trato y trabaja con un grupo de guerrilleros de la Sierra de Guadarrama, cerca de Navacerrada. El abultado volumen describe unos pocos días de convivencia de Jordan con los guerrilleros, todos ellos españoles, previos a la voladura de un puente que es la misión que aquel ha acudido a cumplir.

El relato guarda ciertos paralelismos con la vida del propio Hemingway, que también fue un americano venido a España en tiempos de guerra, si bien como corresponsal. A través de su protagonista, Hemingway expresa su propia experiencia de primera mano en lo que era nuestro país hace ya casi cien años. A Hemingway le encantaba el toreo, como se puede ver en su novela Fiesta, y a Robert Jordan también; además algunos de los personajes tienen lazos con el mundo del toreo o bien lo traen a colación con frecuencia.

La descripción que hace la novela de la España de los años 30 no sé si es completamente veraz, pero desde luego es algo que todo español debería leer. Y no lo digo porque salgamos muy guapos, ni por lo contrario. La valoración moral de cada personaje es independiente del bando al que pertenezca, lo cual es un evidente acierto, y el carácter español es tan ácida pero cálidamente retratado desde los ojos de un extranjero que uno no puede menos que enternecerse extrañamente ante ello.

En la cuadrilla que coexiste con Jordan hay gente noble, cobarde, astuta, simple, ambiciosa, humilde, pesimista y optimista, variedad igualmente presente en el resto de personajes descritos en la novela. Lejos de encumbrar al bando republicano, con el cual al parecer se alineaba Hemingway mismo, se relatan dos sucesos de asesinatos por parte de aquel que a ninguna persona con principios le pueden parecer de recibo.

Y sin embargo, los personajes, paisajes y situaciones son relatados con sencillez y ternura. La idiosincrasia española se desgrana con un cariño que hace a uno sentirse, curiosamente, orgulloso de su país:

Ella había dicho la gloria. "Eso no tiene nada que ver con la gloria en inglés ni con la gloire, de que los franceses hablan y escriben. Es algo que se encuentra sólo en el cante jondo y en las saetas. Está en el Greco y en San Juan de la Cruz..."

Señores preocupados de que sus prójimos amen a España: regálenles a Hemingway el próximo día del libro.


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Por cierto que adquirí el ejemplar que leí hace un par de años o tres, en el establecimiento que entonces se llamaba "Libros libres" y que ahora se llama Tuuu Librería, que es un nombre peor, en mi opinión, pero bueno. De aquella, podías llevarte (o donar) cuantos libros quisieras, simplemente con tal de que en el libro se sellase la inscripción "Este libro es libre: No se compra · No se vende". Nació de la necesidad de deshacerse de libros de difuntos, bibliotecas desmanteladas y cosas así, y originalmente sus trabajadoras eran voluntarias.

domingo, 6 de septiembre de 2015

RESEÑA: El Castillo

Ayer por la noche terminé El Castillo de Franz Kafka, una auténtica locura de libro. No es la primera obra de Kafka que leo; antes al contrario, con unos catorce años me fue regalado por mis tíos Marilena y Ovidio El proceso, que leí prontamente; y en clase durante la ESO leí La Metamorfosis y La carta al padre. Sin embargo, no sé si porque hacía doce años de la última de estas lecturas o por ser la obra que me ocupa especialmente farragosa y rara, he estado leyéndola los últimos seis meses.

El argumento es sencillo: un hombre llamado K. (literalmente) llega a un pueblo para ejercer de agrimensor y debido a la absurda y complicada burocracia del lugar no consigue ponerse en contacto con sus superiores ni desempeñar su labor. En el transcurso de una semana que parece un año, mete la pata en cientos de ocasiones, pero no de manera graciosa  como si de comedia de enredos se tratase, sino de manera deslavazada, sorda e inexplicable. El protagonista se obsesiona por personas o acontecimientos aparentemente banales, se mete en discusiones interminables desprovistas de razón o empatía y se emborracha o se duerme en los momentos más inoportunos. Y os aseguro que en ningún momento es gracioso. Es patético y desasosegante.

Los personajes parece que nunca se pongan de acuerdo en sus conversaciones. Es más, parece que no se escuchen y que se esfuercen en desmerecer los puntos de vista ajenos. En cuanto a los innumerables funcionarios del Castillo, exigen medidas absurdas, no se dejan ver, realizan entrevistas durante la noche y otras cosas similares.

Para más inri, no abundan los puntos y aparte, siendo sobre todo bloques de texto; el editor de mi ejemplar decidió usar el estilo inglés de diálogo (entrecomillado en lugar de con guiones cada cvez que habla un personaje) para contribuir a esa sensación opresora y de falta de aire y las últimas 40 páginas faltaban en la edición original y parecen apócrifas (se conoce que hay un jaleo de ediciones y eso, ya que es una publicación póstuma).

Es una auténtica y absoluta locura de libro. Sólo para bibliómanos.

domingo, 31 de agosto de 2014

Sin novedad en el frente

Este lunes estaba yo haciendo la maleta en Oviñana y hablando de libros con mi tía Lucía, que es mi madrina y toda una bibliómana. Yo tengo empezado El Castillo de Kafka desde el 1 de agosto o algo así, y me estaba costando horrores continuarlo. Ella me había llevado al pueblo Ébano de Kapuscinski y Sin novedad en el frente de Erich Paul Remark, amén de un libro de cocina del que hablaré cuando lo use.

Lucía me dijo que el libro en cuestión merecía mucho la pena, así que dejé la novela de Kafka a mis padres y me metí el otro en la maleta. Ya en el avión a Madrid (un ATR-72 que me encantó, tanto a la ida como a la vuelta, que entre otras cosas vuela tan bajito (5.700 m frente a los 9.000-10.000 de los aviones turbofán) que todo el paisaje se aprecia con unos detalles increíbles, y fui capaz de reconocer edificios concretos de Oviedo como la Catedral y el centollo de Calatrava), lo comencé. Y en dos días leí 166 páginas.

Sin novedad en el frente es el relato en primera persona de un combatiente alemán en la Gran Guerra. Que son historias reales, vaya. Y aunque aún no lo he terminado, me parece un libro imprescindible. Tanto el contenido, escalofriante, como el estilo, tan duro, tan real, tan prosaico y tan impresionante al mismo tiempo, hacen que vibre con él.

"En el instante en que nos disponemos a retroceder, tres rostros emergen del suelo delante de nosotros. Bajo uno de los cascos aparece una perilla negra y dos ojos que se clavan en mí. Levanto la mano, pero no puedo lanzar una granada contra esos ojos extraños; durante un instante de locura, el combate gira velozmente como un circo alrededor de mí y de esos ojos inmóviles; luego el hombre estira la cabeza, veo una mano, distingo un movimiento, y mi granada de mano vuela hacia allí. 

Retrocedemos corriendo mientras lanzamos alambre de púas dentro de las trincheras y dejamos caer a nuestro paso granadas de mano a punto de estallar a fin de que nos guarden las espaldas. Desde el siguiente emplazamiento, las ametralladoras disparan.

Nos hemos convertido en animales peligrosos. No luchamos, nos defendemos de la destrucción. No lanzamos las granadas contra los hombres, qué sabemos nosotros de eso en ese instante, la muerte nos acosa con manos y cascos, por primera vez en tres días podemos mirarla a la cara; por primera vez en tres días podemos defendernos de ella, nos posee un a furia inmensa; ya no tenemos que esperar, impotentes, sobre el patíbulo; podemos destruir y matar para salvarnos, para salvarnos y vengarnos."

Leedlo.

lunes, 10 de marzo de 2014

Fuzzy feeling

El indescriptible sentimiento que produce traer alegría a alguien es lo mejor que existe.

Resulta que a raíz del obituario que escribí sobre mi profesor Manuel Prieto, la familia contactó conmigo. Al principio crucé algunas palabras con su hijo y nuera, los cuales comentaron en la entrada, y luego mantuvimos cierto trato por Twitter. Hace poco me invitaron a pasar por la librería científica que el matrimonio Prieto tenía en Martín de los Heros.

Digo "tenía", pero sería más indicado decir "levantó con sus manos en sus ratos libres", y si lo véis no lo creeríais. Se trata de la clásica librería con galería, estanterías de madera llenas de libros, alguna escultura... La galería es un voladizo, cuya estructura, un cajón de torsión similar al del ala de un avión, calculó don Manuel. No satisfecho con ello, adornó el canto de tal voladizo con los primeros tropecientos decimales del número Pi, que talló él mismo. En su página web podéis ver lo que describo.

En esta librería me reuní, acompañado del Artista, con la viuda de aquel, y con su hijo y nuera, y estuvimos algo más de una hora, compartiendo recuerdos y unos refrescos a los que nos invitaron. Me cohibe en cierta medida la efusión con la que esta familia recibió las palabras que escribí sobre el difunto, sobre todo porque mientras la conversación avanzaba me daba cuenta de que no había arañado más que la punta del iceberg. El Profesor Prieto era, además de maestro de diversas materias de la Aeronáutica, ponente en múltiples escuelas de ingeniería, un avezado carpintero, aficionado a encuadernar libros (para lo cual disponía de una guillotina industrial y un par de prensas en el sótano), y tocaba el piano. Casi tengo la sensación de no haberle hecho justicia. Sin embargo, doña Isabel quiso regalarme dos libros escritos por su marido, con copias de los cuales estudié yo en su momento Mecánica, y que son de los más didácticos que he abierto. Otros compañeros de otras carreras también han estudiado con ellos.

Verdaderamente volví a casa asombrado y conmovido.

sábado, 9 de noviembre de 2013

El abuelo

Acabo de terminar El Abuelo, drama en cinco actos de Benito Pérez Galdós, cuya adaptación al cine por parte de José Luis Garci es una de mis películas preferidas. Al margen de la impresionante actuación y el carisma de Fernando Fernán Gómez, que se come la pantalla, el argumento de la obra siempre me encantó. Por ello, después de que mi amigo Fernando, en uno de nuestros paseos por Madrid, me comentase que acababa de adquirir una primera edición, me apeteció mucho leerlo. Me lo dejó hace algo más de un mes.

La edición es una reliquia de 1917 que encontró por cuatro duros; Fer es un coleccionista de libros. Las hojas son de color marrón por el paso de los años, pero en general se encuentra en muy buen estado. La contraportada sirve de soporte para numerosos anuncios de deliciosa antigüedad.



La obra se desarrolla en 52 páginas (así que si encontráis una edición moderna con ciento y pico será la mitad paja), y en ella se echa en falta numerosos diálogos o giros de la película (con el discurso de Albrit que enlacé antes como mejor ejemplo) que fueron los que más me gustaron en su momento. Sin embargo, como ya me había dicho mi amigo, me ha fascinado. Los diálogos, las exhortaciones del Conde, las caracterizaciones de los personajes con nada más que dos pinceladas y la evolución de los protagonistas son asombrosas para un drama de esta longitud. Si se puede decir algo en su perjuicio, es que sea algo ñoña, pero creo que hay que leerla con ganas de cautivarse con la triste historia de Albrit, la falda de la cuesta abajo que ha sido su vida.

Me ha parecido imprescindible, tanto si uno ha visto la película como si no.

martes, 8 de octubre de 2013

Chiquitín, el elefante

Cuando era pequeño tenía un cuento llamado Chiquitín, el elefante. O tal vez fueran dos o tres cuentos. Chiquitín era un elefante tan pequeño que se perdió entre la hierba y sus padres no lo pudieron encontrar. Si no recuerdo mal, se hacía amigo de un tigre o un leopardo o algo semejante. En mi memoria está muy vívida la imagen de un puente colgante que a Chiquitín le daba mucho miedo. Son de esos recuerdos que te hacen sonreír un momento y luego apartas, para pensar en cosas importantes.

Gracias a Internet y a Google me ha llevado tres minutos descubrir que Chiquitín es creación del austríaco Erwin Moser, que originalmente se titulaba Winzig, der Elefant, que fue publicado en 1985 y en España en 1990, con una segunda edición en 1999 en la que su nombre se tradujo por Vicente, que es un nombre horrible.

Gracias, Erwin Moser, Google, Amazon e Internet en general.

pero sobre todo gracias a mis padres por leerme sus andanzas

domingo, 6 de octubre de 2013

Fiesta de la bici

Esta mañana me levanté a las ocho, y desayuné mientras el Hotel Sandoval dormía. Me puse el casco y los guantes y bajé al portal a tiempo para encontrarme con Fernando (no Villegas). Luego bajamos a toda pastilla por las calles semivacías de la capital hasta llegar a Menéndez Pelayo, detrás del Parque del Buen Retiro.
y su barba también vino
Así dio inicio la Fiesta de la bici para nosotros. Se trata de un evento multitudinario, una ruta de 20 km en bicicleta por las calles de Madrid. En teoría éramos más de 20.000 personas, pero me imagino que la estimación iba ligada al número de dorsales reservados, de los que algunos debieron quedar en casa. De todos modos, había tanta gente que apenas se podía avanzar, al menos hasta que llegamos a la calle Alcalá, y después a Gran Vía y la gente, sobre todo los paisanos con críos, empezaron a perder fuelle.

la ruta en sí, 19,6 km según Google
La verdad es que así como era muy divertido pedalear entre tantísima gente, también era algo cansado esquivarnos mutuamente, y por encima de todo tener que reducir el ritmo hasta puntos incómodos. Muchos de los ciclistas demostraban gran dificultad para ir despacio, lo que, ciertamente, requiere más control de la bicicleta que ir rápido. Lo peor, sin embargo, fue que a la altura de Pío XII, más o menos a mitad del trayecto, las motos de la policía local, que nos abrían el camino, decidieron ponerse a pisar huevos con fruición, causando el descontento general. La docena de motoristas eran como un tabique móvil, y nos ponía aún más nerviosos ver que ante ellos, la calle estaba vacía. Afortunadamente, en cuanto alcanzamos Castellana la situación volvió a lo normal.

no se ve muy bien pero es donde el anuncio de Schweppes

Como curiosidad, a la altura de Tetuán nos sorprendió una muiñeira, tocada por un grupo de gente vestida de gallegos, que tal vez fueran gallegos que venían a ver el partido del Celta con el Atlético de Madrid, a las doce de esta misma mañana. En todo caso fue inesperado y divertido.

Terminamos el recorrido en hora y cuarto, aunque bien podríamos haberlo hecho en cuarenta y cinco minutos con un ritmo un poco más constante. Sólo vimos una caída, y salvo una niña a la que le pasé más cerca de lo que me hubiera gustado y un tonto con el que Fernando tuvo unas palabras, resultó bastante agradable y sin incidentes.

A continuación nos dimos una vuelta por el Retiro, en principio buscando una fuente en la que beber agua, pero en última instancia pasándonos un buen rato en los puestos de libreros de esa zona, a los que Fernando es gran aficionado. Yo me compré unos relatos de Asimov por tres euros y él el libro Tiburón, el de la peli de Spielberg, por uno.

Cogimos de nuevo las bicis, Margaret y Sonia (tiene cara de llamarse Sonia, la de Fernando), y nos fuimos para Sandoval a tiempo de ver al Celta perder contra el Atlético, con una primera parte lamentable (aunque, ojo, Yoel paró un penalti) y una segunda algo más decente.



Domingo cundiente donde los haya, lo prometo. ¡Esto de levantarse temprano va a resultar una buena idea!

jueves, 11 de julio de 2013

Good to be back again

Terminé El lobo estepario después de haber leído 200 páginas del tirón, y en cuanto guardé de nuevo el destrozado ejemplar, que rescaté de la pila de basura de la Biblioteca del Covarrubias, en la mochila, la megafonía del tren anunció:

"Señores pasajeros: próxima estación: Vigo-Guixar"

y luego

"Leidis an lléntelmen: nesesteision: Vigo-Guixar"

Poco después se abrían las puertas del tren a la estación, supuestamente de transición hasta que finalicen las obras de la principal, que se encuentra cabe el puerto a cinco minutos de mi casa. Un golpe de aire marino, fresco, húmedo, me llenó los pulmones como un beso del mar, y las gaviotas me saludaron "¡cla, cla, cla!", "bienvenido, Enzo", y eran las nueve y media del diez de julio y mi verano acababa de empezar, y se estaba poniendo el Sol sobre el Morrazo, sin alardes, paseniño.

Esta noche dormí como un bebé, y esta mañana, a pesar de la bruma, me dí un paseo con mi padre al lado de la Ría y luego más arriba, sube que te sube ("Madrid es todo cuestas", mis huevos toreros), a sentir, a pisar esta ciudad, que pese a todos sus defectos y remates absurdos es la mía, que no puedo olvidar.

Es bueno volver a casa.


jueves, 11 de abril de 2013

Isaac Asimov: la saga de la Fundación

Como habéis podido ver en la barra de la izquierda, desde final del año pasado hasta hace poco me he dedicado exclusivamente a Isaac Asimov en cuestión de lectura. Esto fue provocado por la apertura en la biblioteca de la ETSIA de una sección de ciencia-ficción. Si bien lleva funcionando un par de años, nunca había sacado un libro de la misma, hasta que a finales de diciembre, atascado con Nuestra Señora de París, le decidí dar una oportunidad a Preludio a la Fundación. Y luego, ya en casa por Navidad, tomé Yo, Robot y Fundación de la biblioteca de mi padre, leyéndolos en cuestión de diez días. Entre los dos.

La saga esta, de la que quiero hablar, relata la caída del Imperio Galáctico en una galaxia (la nuestra) en la que el hombre es la única especie inteligente, en un tiempo muy avanzado en el futuro (unos 20000 años), y el posterior desarrollo de la Fundación, la facción protagonista. La acción se desarrolla a lo largo de varios siglos, mediante relatos cortos centrados en personajes que por una razón u otra se ven envueltos en los acontecimientos más relevantes de su tiempo. Así, tenemos a Salvor Hardin, primer líder político importante del planeta; Hober Mallow, el primer Alcalde extranjero del mismo; Lathan Devers, un comerciante que se ve obligado a actuar como agente secreto ante una invasión; Bayta Darell, la mujer que salva al planeta y la galaxia de una poderosa fuerza invasora; o su inquisitiva nieta, Arkady Darell; y la sombra del gran Hari Seldon, matemático y psicohistoriador, fundador de la Fundación (valga la redundancia), como una constante a lo largo de los libros. Estos personajes, por la estructura de los relatos, tienen que ser descritos en pocas páginas, o mejor en pocas palabras, y son sus actos, la manera de resolver las dificultades a las que se enfrentan, los que los definen y les dan profundidad. En general están en escena un corto capítulo, o dos, pero a medida que se suceden las novelas se va produciendo un cambio.

Para que me entendáis: lo primero que noté del último libro que empecé (y que aún no he terminado) es lo gordo que es. Los límites de la Fundación tiene 523 páginas, mientras que Fundación, el primero de la saga, cuenta con unas 200. Lo siguiente que noté fue que la narrativa era considerablemente más lenta y torpe, y que me contaba unos detalles que realmente no me interesan. Veréis, Asimov no describía el entorno, en sus novelas iniciales. Los inventos futuristas aparecían en escena cuando la trama lo exigía, no se apropiaban de la misma, y salían de plano discretamente hasta que el guión demandara chismes. Igualmente ocurría con los paisajes o los edificios. Si acaso se regodeaba en descripciones, estas eran siempre sobre culturas, o las expresiones de las mismas que reflejaban sus personajes: un diplomático venido de Trántor, el escenario de Kalgan, el planeta del ocio en que se desarrolla una secuencia... siempre son añadiduras al argumento, no argumento en sí. Y eso está bien, porque si no se hace muy pesado, y francamente, puede llegar a envejecer muy mal y que resulte ridículo 70 años después. Porque la primera novela, a todo esto, fue publicada en 1951, pero era una recopilación de relatos iniciada en 1942.

En cuanto Los límites... empezó a describir a Golan Trevize y sus putos cinturones de colores, me fui a la contraportada del libro y busqué la fecha de publicación: 1982. La respuesta a mi pregunta: don Isaac se hacía mayor.

si bien más estiloso


Leyendo la Wikipedia me he enterado de que escribió las secuelas (Los límites..., Fundación y Tierra) y precuelas (Preludio..., Hacia la Fundación) por presión de fans y editores, 30 años después de haberla dejado, si no cerrada, sí terminada. Claro, lo de los relatos cortos era la crema a principios del siglo XX, pero en los 80 ya no vendía, así que se marcó estos rollos patateros en los que cada personaje se desarrolla, no en 20 o 30 páginas, sino en 200. Asimov era bueno con historias cortas. Incluso su novela más famosa, Yo, Robot, es una colección de relatos (que, por cierto, os recomiendo ENCARECIDAMENTE que leáis) escritos para revistas de ciencia ficción; la aclamada El Fin de la Eternidad no sigue esta estructura, pero tiene 200 páginas (y mola bastante, por cierto). En general, lo que siempre me ha gustado del autor es su frescura y su ingenio, cualidades que resaltan en una historia corta, pero que en Los límites... se pierden en una trama que no me engancha (llevo más de un mes con el libro) y que considero demasiado mística  y lenta. Y encima, qué manía de meter los robots (apuesto a que también fueron exigencias editoriales) en una saga que estaba muy bien sin ellos whatsoever.

La moraleja de esta entrada es que os leáis las novelas (de esta saga) de los años 40 y 50, de verdad, pero que evitéis el resto, por mucho que os interese saber si el Segundo Imperio Galáctico llega a buen puerto o no. Ya os digo yo que, Hari Seldon mediante, tardará sólo mil años, que se os pasarán mucho más rápido que Los límites de la Fundación.

Que quede claro: Isaac Asimov era el p*** amo. Me encantan (la mayor parte de) sus novelas, pero es que encima se dedicó a escribir sobre divulgación histórica científica o lo que quieras. Se trataba de un hombre inteligente y culto, profesor universitario de bioquímica, que fue nombrado doctor honoris causa por varias universidades; era progresista, feminista, propalestino, y todo apunta a que bastante majo también.

lunes, 19 de marzo de 2012

La escritura o la vida

Ayer terminé La escritura o la vida, de Jorge Semprún. Lo había empezado cuando me lo regalaron mis tíos jipis, hace unos ocho años o así, pero no pude acabarlo (eterna vergüenza caiga sobre mí y mi descendencia). Esta vez me ha llevado unos dos meses, que tampoco es muy buena marca. En Madrid leo muchísimo menos que en Vigo u Oviñana (donde veraneo, la imagen cabecera de este blog es de allí). De todas maneras, pienso que la lectura de esta obra no es en absoluto fácil.

El propósito de la misma no es contar una historia, o al menos no la historia que uno se espera, sino transmitir el sentimiento más profundo que acompaña al autor desde que, en 1945, fue liberado del campo de concentración de Buchenwald por las tropas americanas. Para hacerlo, no sigue una estructura lineal sino caleidoscópica, saltando de un momento a otro de su vida sin previo aviso, de manera aparentemente inconexa. Esta característica fue probablemente lo que disuadió a mi yo adolescente la primera vez que acometí la tarea de leerla.

Esta vez, sin embargo, conseguí implicarme en las sensaciones de la vida de Semprún, y aunque él probablemente lo creería imposible, tal vez hasta entenderlo.

La estancia en el campo fue tan sumamente traumática para el joven comunista (fue detenido y torturado con veinte años) que fue incapaz de hablar o escribir del tema durante dieciocho años, hasta la publicación de El largo viaje. En la obra que nos ocupa esta incapacidad, esta asunción de que el resto del mundo jamás comprenderá su calvario (y el de tantos otros prisioneros) se mezcla con una cierta sensación de culpabilidad por haber sobrevivido. Para muestra, nos cuenta cómo vive la muerte de algunos de sus compañeros. En concreto, la muerte de Maurice Halbwachs, profesor que fue suyo en la Sorbona (donde Semprún cursó la carrera de Filosofía), es un pasaje impresionante:

...presa de un pánico repentino [...], consciente de la necesidad de una oración [...], dije en voz alta, tratando de dominarla, de timbrarla como hay que hacerlo, unos versos de Baudelaire. Era lo único que se me ocurría.
O mort, vieux capitaine, il est temps, levons l'ancre...
La mirada de Halbwachs se torna menos borrosa, parece extrañarse.

Más adelante, tiempo ya después de la guerra, relata sus experiencias con amantes o amigos y cómo redescubre el gozo de vivir, siempre y cuando no describa los horrores de Buchenwald. Son motivos recurrentes la "nieve sobre el Ettesberg", la montaña al pie de la cual se hallan el campo y Weimar (ciudad de Goethe); las cenizas del crematorio; las conversaciones literarias con presos y soldados aliados y la absoluta inconsciencia de los días o meses siguientes a la liberación, mientras trataba de adecuarse a vivir la vida, y no la muerte de los años anteriores.

En el fondo, la obra es profundamente vitalista. Podría contaros más, pero no voy a ser capaz de expresarlo tan bien como él:
La misma alegría seguía embargándome: la dicha de vivir. La más pura, la más abrumadora dicha de vivir. Pues no se basaba en el recuerdo de dichas anteriores, ni en la premonición, menos aún en la certidumbre de dichas futuras. No se basaba en nada. En nada más que en el hecho mismo de existir, de saberme vivo, incluso sin memoria, sin proyecto, sin futuro previsible. Debida a esta carencia de memoria y de futuro, tal vez.
Jorge Semprún murió en junio de 2011. Quiero pensar que el exorcismo que realizó por medio de la escritura le sirvió para aliviar la carga que supuso el cautiverio. Que eligió la vida.


 Yo visité Auschwitz en dos ocasiones, en 2009 y 2010. Estando en un patio en el que eran frecuentes los fusilamientos, me sobrecogió el pensamiento de que esas personas, víctimas y verdugos, eran tan reales como lo era yo, que (tan sólo) 55 años después pisaba el mismo suelo que ellos. Casi podía sentirlos presentes. Creo que la experiencia me facilitó después imaginar los horrores de los campos, y en consecuencia esta lectura.