Páginas

jueves, 27 de septiembre de 2018

Ya era hora


El pasado 24 de agosto, Iris y yo nos casamos, después de un rápido noviazgo de trece años y diez meses. Tres días antes, yo había vuelto de Inglaterra a España para quedarme. Cuatro días antes, había dejado Dyson, tras dos años y dos semanas estupendas trabajando allí. Decidimos que lo mejor como pareja era instalarnos en Madrid, al menos durante el momento. The things I do for love.

Llevábamos año y medio preparando el día D, desde que en una playa de Goa le presenté el anillo por sorpresa (mientras dormitaba en la toalla, y su respuesta fue abrir mucho los ojos y decir "¿Qué haces?"). Y conforme se acercaba la fecha, a pesar de que los preparativos importantes como iglesia¹, pazo, fotógrafos o disc jockey ya estaban confirmados, mi ansiedad iba en aumento. En ningún momento me preocupé del hecho de casarme en sí, sino de todos los detalles, ya que queríamos que todo saliese perfectamente, como os podéis imaginar. El que yo además estuviese pendiente de mudarme de Inglaterra y buscar trabajo no hizo sino añadir a esa ansiedad. En retrospectiva, quizá tendría que haber dejado el trabajo antes, para contar con más desahogo para hacerlo todo. En fin.

Los tres días anteriores a la boda fueron una vorágine de compromisos, llamadas, decisiones, confirmaciones y descartes, intentando terminar los detalles, de los cuales el más importante probablemente fuera el autobús para transportar a los invitados de un sitio a otro. En la memoria no me quedan muchas cosas de esas horas frenéticas, salvo que hacía un tiempo excelente y que estábamos los dos muy ilusionados con la multitud de familiares y amigos que conocerían Galifornia por primera vez, y que fueron llegando de todas partes de España y algunas del extranjero.

aquí con un puñadico el jueves
Llegó, como todo llega, la mañana del viernes, de la que poco recuerdo salvo dar un paseo con Cristóbal, el aeronáutico, para despejar la cabeza. Y por la tarde, después de un almuerzo frugal, mi tío Rafael, que es mi padrino en funciones, me llevó a Boxer, la tienda en que compré el traje, para vestirnos allí. Y también vino (esa era la gracia) el fotógrafo, David de Fluxus a inmortalizar el proceso. Una vez vestidos, recogimos a mi madre, esperamos veinte minutos a que le pusieran el tocado y nos marchamos a Baiona, en cuya colegiata tuvo lugar la ceremonia.

Como he dicho, hasta entonces no había estado nervioso, simplemente agobiado por todos los preparativos. Pero en cuanto me bajé del coche de Rafael, entre los numerosos grupos de amigos y familiares, se me desbocó el corazón: no había caído en cuánta gente, y cuántos grupos diferentes, estaban allí presentes: los amigos de toda la vida de Vigo, los de las dos escuelas, los del Covarrubias, los familiares de aquí y de allá...

Después de saludar torpemente a unos cuantos invitados, tuvimos que meternos en la iglesia. Resulta que, contra todo pronóstico, Iris ya estaba casi llegando a Baiona. Yo me esperaba que llegase entre media hora y cuarenta y cinco minutos tarde, pero, probablemente por la insistencia de Fátima (que era su chofeusse²), llegó tan a tiempo que aún estaba media concurrencia fuera del templo. Mi madre y yo entramos por la alfombra roja a todo trapo, hasta el punto de que David tuvo que pedirnos que aminoráramos, para no caerse. Iris y su padre lo hicieron mucho mejor.

mira mi suegra, que parece una actriz
La ceremonia fue estupendamente, y ni me tembló la voz ni el pulso al ponerle la alianza a Iris para desposarla, ni lloré siquiera. Los niños de las arras y alianzas eran respectivamente mi sobrino Iñaki y la sobrina de Iris, Julia, y lo hicieron muy bien y estaban monísimos. Luego, Iñaki le dijo a su madre, todo preocupado: "Mamá, ¡me las devolvieron!". Como el cura, Manolo, no dijo "puedes besar a la novia", pues no nos besamos (yo es que soy muy obediente). Lo que sí dijo fue "pues ya estáis casados, ¡ya está!", a lo que mi suegro, Julio, contestó "Pues ya nos podemos ir, ¿no?". Manolo se puso súper serio, lo miró y le espetó "¡No!". Fue muy gracioso. 

ya la misa no fue tan graciosa. Es una cosa seria.
Después de las consabidas lecturas, hostias, firmas y fotos, salimos a que nos jalearan los asistentes, y a posar para fotones. Diego San Felipe siempre es el primero en dar un abrazo a los esposos, es genial: se pone hasta nervioso por si alguien se le adelanta.

mirad cómo protege la canasta para pillar el rebote
El convite, y la folixia, fueron en el pazo de Cea, que está en Nigrán y es muy bonito, como todos los pazos gallegos. "Pazo" significa, literalmente, "palacio" en gallego, pero una traducción quizá más acertada sería "mansión". Son casas de nobles menores del siglo diecisiete y dieciocho, normalmente de granito, con una finca generosa, dentro del minifundio propio del noroeste. En este habíamos estado Iris y yo en una ocasión, y a mí me cautivó el hecho de que el estanque tuviese ranas. ¡Ranas! Es genial. El personal del pazo fue excepcionalmente bueno, tanto durante la preparación como durante la boda en sí, y por si fuera poco, trabajan con casa Solla, un restaurante pontevedrés con una estrella Michelin.

Fátima y Manu nos llevaron al susodicho y perdieron tiempo de manera poco disimulada, ya que nos esperaba una sorpresa al llegar: ¡un conjunto de gaitas que nos bailó una regueifa! Esto es una antigua costumbre gallega que consiste en que los novios bailen, ella con un pan en la cabeza: si el pan no se cae, el matrimonio tendrá buena fortuna y muchos hijos, y si se cae, desdichados los esposos. Hoy en día, como si de campeones para un duelo se tratase, bailan profesionales, lo que también ayuda a que salga bien. Fue un regalo de las tías gemelas de Iris, Luz y Cris, y uno gratísimo. Contratar a gaiteros era algo que barajamos y desechamos en favor de un dueto de pop, y me alegro de haberlos tenido de todos modos.

esa chica tiene un mérito enorme. Y la del pan, no te cuento.
 Se conoce que los pinchos fueron un éxito. Habíamos apostado por hacer un cóctel largo y una cena corta, entre otras razones porque en las bodas ajenas nos tendíamos a quedar llenísimos con los canapés, que suelen ser deliciosos. Digo que se conoce, porque nos perdimos un buen rato entre pitos y gaitas y fotos, tanto en pareja como en grupo. David y Lorena se portaron como los profesionales que son y fueron súper rápidos con las fotos de pareja, y muy comprensivos con las fotos de grupo, y tengo muchas ganas de ver el resultado de su trabajo. Todo esto amenizado por Sobre todo Ella, el dueto del que os hablaba, que se salió. Varios invitados nos preguntaron por su nombre para acudir a sus conciertos. Además, tuvieron el detalle de adaptar (con muy poco tiempo, por mi culpa) una canción muy bonita de Natalia Lafourcade, con la que nos sacaron a bailar a los esposos.

sin vosotros no somos ná, como Chita sin Tarzán, como un triste bigotito sin Aznar
También aprovechamos el cóctel para proponer y resolver un juego de preguntas a los invitados sobre los mismos invitados. La intención era que, ya que había tantos grupos diferentes, se mezclasen y conociesen un poco. Y creo que lo conseguimos un poco. Lo que casi consigo, en el momento en el que me estaba gustando con el micrófono, desvelando las respuestas, es que a la muchacha del pazo le diese un telele, por el retraso que llevábamos. Pero bueno, no se enfadó, sino que cuando todo el mundo pasó al cenador nos sacó una bandeja con un par de cada pincho para que comiéramos algo, y en verdad os digo que así ficimos.

Y luego entramos al salón con Glory Days, que me hizo mucha ilusión. Ese momento me encantó, porque pudimos ver a todos a la vez, y la canción entró muy bien, porque mola muchísimo, y todo el mundo estaba sonriente, la mayoría de pie y cantando o aplaudiendo, y llegamos a la mesa con nuestros padres y todo fue muy bonito. Y ahí tampoco lloré, que conste.

de esto aún no he visto una foto buena, ¡pero las habrá!
De la cena en sí recuerdo poco, porque empecé a tener un calor muy agobiante, y mi madre me prohibió terminantemente quitarme la chaqueta. Un abrazo para los amigos más protocolarios, que tampoco se la quitaron hasta que yo lo hice; si pasasteis calor, imaginaos con chaleco. Casi me desmayo. De hecho, dimos un par de tartas de cumpleaños y tres coronas de flores a nuestras tías maternas, y yo ya no podía ni bailar al son de las canciones. Por cierto, que para dar las tartas nos sugirió el DJ (Borja de Tocata DJs) una canción de Lenny Kravitz que está muy bien, en lugar de la famosa esta de Parchís, que yo aborrezco.

A los postres, y creo que después de dar el regalo a los acertantes de todas las preguntas esas (una botella de licor café de Julio), nos esperaba otra sorpresa increíble preparada, en este caso, por mi madre, con la ayuda de mi suegra y mi tío Rafael. Este último cogió el micro y nos presentó a una soprano y una pianista, cuyos nombres no recuerdo pero seguro que mi madre lo pone en los comentarios. Después de explicar el contexto (lo de la tradición familiar de poner nombres de ópera), dejó que cantasen cuatro arias preciosas que nos dejaron boquiabiertos. Mi amigo Denis le dijo a Rafael: "Nunca he ido a la ópera y no tengo ni idea. Pero he estado en unas cuantas bodas y esto es lo más bonito que he visto en una boda en mi vida". Solamente lamento no haber podido quitarme entonces la chaqueta. De verdad, mamá.

A continuación, Belén y Julio leyeron sendos discursos, los cuales quiero leer otra vez, porque el calor que tenía me hizo despistarme en algunas ocasiones (de verdad, mamá), aunque aquí sí que lloré un par de veces. Aunque no tanto como mi suegro, que se atascó en tres o cuatro momentos.

Y después, ¿para qué más detalles? Ya sabéis: copas, risas, excesos... ¿cómo van a caber tantos besos en una canción? Borja, el de la música, fue también espectacular, aunque algunos de mis amigos echaron de menos algo más de rock. Sacamos un futbolín a la una de la mañana, que mucha gente asumió como algo completamente normal, y creo que todos disfrutaron. Bailamos, aunque no tanto como Tom (que nos alucinó); me quité la chaqueta por fin; nos bebimos todo el licor café; los amigos se acercaban a nuestros padres a decirles que nos quieren... Y la última canción fue nuestra canción, y los que quedaban (que eran muchos³) nos hicieron un corro, y la cantaron a nuestro alrededor, y ahí sí que lloré, aunque no tanto como Juliet, y la música se difuminó y el corro se cerró sobre nosotros como si fuera una película.

Todo el mundo te dice que se te pasa el día de tu boda volando, e incluso hay quien dice que no se disfruta. Al menos en nuestro caso fue todo tan bonito, todo salió tan bien, todo el mundo estaba tan contento y tan guapo, los profesionales fueron tan buenos, que no es que se pasase rápido, es que me gustaría que no se hubiese terminado nunca.

grrrrracias por venir

¹ Sí, me casé por el rito católico, religión que no profeso y mucho menos practico. Como le dijo Iris a una inquisitiva amiga de un amigo: "Me caso por la Iglesia porque soy católica, y él se casa por la Iglesia porque se casa conmigo".
² Me he inventado el femenino de chófer, un poco porque me da la gana.
³ A las cuatro y media, Abel me dijo "Me parecía muy tarde el autobús de las dos y media, porque yo no soy mucho de bodas, y me lo estoy pasando tan bien que son las cuatro y media y me parece pronto".

jueves, 8 de marzo de 2018

Brindo por las mujeres

Mi abuela Toni, licenciada en Filosofía y Letras en los años más duros de la historia de España, me enseñó a ser cariñoso.
Mi abuela Mimí, que anda por la vida rompiendo moldes, me enseñó a ser alegre.
Mi madre, que nunca se ha arredrado ante injusticias de ningún tipo, mucho menos las machistas, me enseñó a escuchar.
Mis tías, que no se saltan un cumpleaños, me enseñaron a ser generoso.
Mi hermana, que se sacude los cánones patriarcales con un vaivén de la cabeza, me enseñó a ser valiente.
Dana, que nunca pierde la sonrisa, me enseñó humildad.
Marta, que forja su propio camino y no se ciñe a patrones, me enseñó a despreocuparme.
Eli, que navega un mar de egos masculinos con pulso firme, me enseñó a convencer sin alzar la voz.
Iris, que se deja la vida en cada cosa que hace, me enseñó a probar el mundo, a ser paciente y a no acomodarme.

Por ellas y por muchas más, feliz día de la Mujer.

domingo, 4 de marzo de 2018

Enzo en la jungla



El fin de semana pasado, Saktish organizó un viaje a Endau Rompin, un parque nacional al norte del estado de Johor en el que me encuentro. Y hasta ahora no he tenido ni un momento para relatar una de las experiencias más bonitas e intensas de mi viaje. 

Saktish me recogió a las cinco y media de la mañana del sábado, puesto que el trayecto hasta el parque es de unas tres horas. En el coche iba también Amirul Fahmi, otro chaval de Dyson, y luego recogimos a "Fred" Wong (su nombre real es Hang Hua, pero es costumbre entre los chinos escoger un nombre occidental para relacionarse con occidentales), que es el jefe de Saktish. El viaje fue bastante bien, con algo de lluvia tropical, y algo de Camarón de la Isla (le regalé a Saktish La Leyenda del Tiempo, para que conociera algo de lo más pintoresco de nuestra música patria).

Después de llegar a las lindes del parque y tramitar la burocracia para poder acceder, nos recogió un 4x4 que nos llevó a una zona de la jungla acondicionada para visitantes, que es donde pasaríamos la noche. Nos llevó un buen rato, por una carretera bastante accidentada y con numerosos charcos. Al poco de llegar al campamento se puso a llover a mares, por lo que recuperamos algo de sueño con una buena siesta.

en una casita como esta estábamos nosotros
Llovió durante un buen rato, y se nos hizo un poco tarde para andar por la selva, con lo que optamos por otra actividad: un pequeño rafting por el río. Además, previamente, los guías del parque nos enseñaron un poco de la cultura aborigen: una cabaña con varios utensilios y un murciélago muy alterado por la visita, y una cerbatana con la que nos hicieron una demostración. La cerbatana me llamó mucho la atención, por ser muy larga (más de un metro) y extraordinariamente precisa. El paisano clavó el dardo en el puro centro de la diana, pero incluso nuestros inexpertos intentos fueron muy prometedores. Los propios guías eran también aborígenes, que en malayo se dice orang asli (literalmente "hombres originales"), y solamente hablaban malayo. Hoy en día, la mayoría de orang asli viven de rentas de tierras que el gobierno malayo les concedió como medio de ganarse su favor en momentos complicados de la historia del país. Teóricamente, son étnicamente distintos de los malayos malayos (coño, es que es un lío, me refiero a los nacionales que no son ni chinos ni indios), pero yo no pude apreciar diferencias muy llamativas, o que no pudieran ser particularidades del individuo.

Entre la cerbatana y el rafting, el cual, por cierto, estuvo muy bien, tuve mi primer encuentro con una sanguijuela, que son muy frecuentes en la jungla, especialmente después de llover. Las malditas pachat acabaron siendo las protagonistas del fin de semana...

Después del río, de una ducha y una cena, Fahmi, Saktish y yo nos dimos un pequeño paseo (abortado ante la miríada de sanguijuelas), pero lo más interesante vino por la noche, cuando el guía nos llevó por esa misma zona y vimos un pequeño camaleón y una enorme polilla.


Al día siguiente, el orang asli vino a recogernos temprano, machete en ristre, para llevarnos hasta una cascada río arriba. Este paseo fue lo más impresionante de la visita: un camino serpenteante, subiendo y bajando entre luces y sombras, sorteando árboles extraños, vadeando arroyos, agarrándonos a cuerdas para no perder pie en la escurridiza tierra de un naranja intenso, sorteando estrechas cornisas y parando cada cinco minutos a quitarse las pertinaces sanguijuelas. Las sanguijuelas son legión en el suelo húmedo del interior de la jungla, especialmente en las zonas con hojarasca. Son rápidas, son tercas y son resistentes a pisotones; de hecho es probable que aprovechen la coyuntura para trepar por tu zapato. Cuando están en el camino, se ponen de pie, muy erguidas, y otean el horizonte, agitando el otro extremo en todas direcciones, no sé si oliendo, sintiendo el calor o viendo a su presa. Al sentirte, se dirigen hacia ti con una determinación terrorífica, moviéndose de una manera que sería ridícula si no fuese tan rápida y si no tuviese como fin chuparte la sangre. 

He de decir que, pese a todo, no tuve tan mala fortuna con ellas. Llevaba unos tenis viejos y unos calcetines más viejos todavía, rociados de antimosquitos, lo cual ralentizaba el avance de los gusanos vampíricos una vez se habían aferrado a mis zapatos. No así Fahmi, que llevaba unos zuecos de esos de plástico, y  cada poco tenía que quitarse cinco o seis de cada pie. Y el aborigen, que iba en CHANCLAS, debía haberse frotado los pies a conciencia con tabaco, porque no parecía tener mucho problema con ellas. 

Sanguijuelas al margen (y que conste que por lo menos, ni duelen ni pasan enfermedades, ni son más que un incordio asqueroso), el paseo fue precioso. Los verdes de los bosques tropicales tienen una cantidad abrumadora de matices, como una lima que ha madurado más por un lado que por otro. La vegetación es exuberante, y parece que los árboles tengan una reserva infinita de energía y recursos, de tan grandes que crecen, y tantas ramas y raíces que echan. El paisaje, cada vez que salíamos al río, era de película, y daba para hacer cientos de fotos. La temperatura debía oscilar los treinta grados, y la humedad era cercana al cien por cien, y tardamos un par de horas hasta llegar a la cascada en cuestión, así que me di un baño que me supo a gloria.

Aquí con Saktish y mi camiseta empapada
Estuvimos un rato largo en la cascada y luego emprendimos el regreso. A medio camino de vuelta, el guía nos ofreció llevarnos a otra cascada, cosa a lo que accedimos. Esta ruta era toda por la rivera, a menudo vadeando el río, con lo cual nos libramos de los pequeños monstruitos durante ese trayecto. En esta otra poza ya nos bañamos los cuatro (el guía no se mojó ni los pies, curiosamente), y pasamos otro rato muy agradable.


Ya terminando la excursión, me di cuenta y me congratulé del hecho de que nuestra comitiva estaba compuesta por cinco personas, de cinco etnias diferentes, con cinco diferentes creencias religiosas. Qué queréis, me hacen gracia estas cosas.

Próxima entrada: ¡Singapur!

jueves, 22 de febrero de 2018

Singapur y Malaca

little India en Singapur
¡Hola otra vez! Al final, este sábado pasado decidí visitar Singapur, y como meta me puse ir hasta un rocódromo. Por un lado, porque la escalada es adictiva y ya tenía ganas; por otro, porque me apetecía pasear por Singapur no como un turista, sino como una persona más. Ya tendré tiempo de hacer turismo durante el fin de semana que pase en Singapur. Así que a la frontera me dirigí con mi ilusión, mis pies de gato y mi pasaporte.

El proceso de entrada en Singapur es largo y laborioso, puesto que hay que coger un autobús desde Johor Bahru, pasar por dos controles fronterizos, y coger otro autobús una vez en Singapur, para ir al sur del país. No toda la isla está cubierta por la ciudad; antes al contrario, hay varias grandes zonas verdes, y una gran zona industrial que es bastante distinta del núcleo urbano característico de Singapur. Este último tiene grandes avenidas, algo más sucias de lo que esperaba (por lo que había leído, pensaba que se trataba de una de las ciudades más limpias del mundo), rodeadas de muchísima vegetación y ocasionales edificios tradicionales. O al menos son ocasionales en las zonas por las que paseé yo, que no fueron más que una fracción de la ciudad.

Caminé un buen rato hasta que llegué al estadio en el cual estaba el rocódromo, en el cual me quité el mono con un buen rato de bouldering y escalada con cuerda. A la salida decidí ir hasta Little India en bicicleta. Resulta que en Singapur hay varias empresas de compartición de bicicletas completamente gratuitas, que supongo que pagará el ayuntamiento o gobierno o lo que tengan.


Little India es muy parecida a Big India, pero más limpia y con menos gente (y ninguna vaca, ni sagrada ni profanada). Aproveché para renovar mis protectores de pantalla del teléfono y para comer un plato de lentejas indias por cuatro dólares singapurenses. 

En general, Singapur me resultó un poco soso. Me lo habían pintado muy bien, pero me pareció tremendamente utilitario, residencial, como una gran urbanización. También es cierto que no fui a la zona supuestamente más interesante, y que era el año nuevo chino, con lo que mucha gente estaba ausente y muchos negocios, cerrados. Un poco acalorado, y después de perderme un poco con los autobuses, me volví a Johor a media tarde, justo a tiempo para que cayera encima mi primer chubasco ecuatorial.

El domingo lo pasé en Malaca (o Melaka), una ciudad que está a unos 230 km de Johor, y que me describieron los malayos como "a heritage city", "una ciudad con patrimonio". Para llegar hasta allí cogí un Uber con un chino muy majo que no tardó nada, y un autobús con un conductor que no sabía leer que tardó cuatro horas.

La mejor descripción que se me ocurre de la ciudad es "Malasiaña". Estaba bastante llena de turistas y lugares de moderneo, con muchos graffitis y rinconcitos como el barrio de Madrid. Me encantó desde el primer momento, y deambulé por la mayor parte del centro, visitando la mezquita más antigua de Malasia (al parecer), uno de los templos budistas más importantes, una iglesia portuguesa que luego fue holandesa, y un agradable canal con mucha animación durante la tarde-noche.

el canal de Manuela Malasaña
La historia de Malaca es fascinante. Fue fundada en el siglo XV, por Parameswara, un príncipe hindú del reino de Sumatra,  que escapó de su anterior reino en Singapur a raíz de una invasión del Imperio Mayapajit de Java para acabar arribando a lo que hoy es Malaca. El sultanato de Parameswara se caracterizó por su tolerancia religiosa, que culminó en un muy beneficioso acuerdo comercial con China (cuyo enviado imperial, a la sazón, era musulmán) que atrajo a comerciantes musulmanes de la India mogol. La posición privilegiada de Malaca en el estrecho homónimo les permitió controlar las rutas comerciales y prosperar enormemente, hasta que los portugueses la invadieron en 1511. Los portugueses, en la tónica propia de los católicos del siglo XVI, no continuaron con la tolerancia religiosa, lo que llevó al abandono de este puerto por parte de los comerciantes indios. Sin embargo, para entonces, las culturas indias, chinas y malayas se habían combinado en Malaca de manera única para dar lugar a la cultura mestiza que hoy se conoce como baba nyonya, de la cual os puedo decir que hacen unos guisos para chuparse los dedos.

Malaca pasó por manos holandesas, británicas y japonesas (durante la Segunda Guerra Mundial) antes de integrarse en el actual estado de Malasia. Fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 2008, y lo cierto es que los malaqueños se aprovechan sobremanera del tirón turístico que esto les proporciona.

la misa de año nuevo en el templo Cheng Hoong Teng
Por la tarde, me tomé un café con hielo que fue el mejor café que he probado en una nación de la Commonwealth y cené con Saktish y su compañero de piso, Kashveen, que pasaban por Malaca después de haber pasado el fin de semana con sus respectivas familias, y me hicieron el favor de recogerme, y de invitarme a cenar. El único inconveniente de un día espléndido en Malaca fue el hecho de que era la operación retorno del año nuevo chino, y estuvimos atascados cien quilómetros en la autopista... Y no os exagero nada. Llegué al hotel a las tres y media de la mañana, para desgracia de mi reloj interno, que, el pobre, no entiende nada.

Este fin de semana que viene lo pasaré en un parque nacional a la altura de Kuala Lumpur, así que ¡espero tener mucho que contar! ¡Un abrazo!

no me digáis que no son unos hippies

viernes, 16 de febrero de 2018

Desde Malasia con amor

Héteme aquí en Johor Bahru, en el sur de la Malasia peninsular, donde Dyson tiene unas oficinas y unas plantas de producción. Me han mandado a transferir un proyecto, y estaré aquí hasta el 9 de marzo.

un cachito con sabor malayo
Dyson no repara en gastos cuando nos manda de viaje, y para empezar, me recogió un chófer de Emirates (que es algo que hacen cuando viajas en business) en mi casa de Malmesbury; eso sí, a las 4:30 de la mañana. El madrugón sirvió para llegar a Heathrow sin complicaciones, y pronto estuve en la increíble sala de espera de Emirates Airlines. Me habían hablado de ella, pero hasta ver el tamaño del salón con tropecientas butacas y un desayuno increíble no me daba cuenta del lujo asiático que suponía.

ojo al detalle del Rolex de pared

El avión, un Airbus A380, también era digno de ver. El asiento era enorme y muy cómodo, había un cajón para los zapatos, una tele bastante hermosa y una copa de champán esperándome. La verdad que me parece un lujo innecesario. La idea es que el viaje no se haga pesado y luego podamos trabajar sin problemas al llegar, pero esa idea se viene abajo cuando tienes en cuenta el jet lag, que por cierto, a mí me pegó bastante fuerte el primer día. Habida cuenta que los aviones de vuelos intercontinentales son siempre más cómodos, creo que sería mejor plan coger un vuelo en Turista y luego dormir bien al llegar.

Mi vuelo, después de una escala en Dubai en la que cambié a un (menos impresionante) Boeing 777-800, aterrizó en Singapur Changi a las 8 y poco de la mañana. Los trámites fronterizos fueron sorprendentemente sencillos, y en poco tiempo estaba con un chófer llamado Man que me llevó a Dyson Malasia, que está en Senai, a una hora y media del aeropuerto, más o menos.

Johor Bahru está a poco menos de dos grados Norte, y el clima es ecuatorial puro. 30 grados consistentemente durante todo el día, humedad muy alta y repentinos chubascos. El aire es más puro que en las ciudades indias, y en general está todo más limpio que en India, y hay menos gente. La sociedad malaya es bastante heterogénea, con malayos, chinos e indios como grupos étnicos más importantes. Tanto chinos como indios son comunidades asentadas antiguamente, aunque hay una buena porción de inmigrantes de segunda o tercera generación. Mi anfitrión en Dyson Malasia, Saktish, es malayo, pero sus abuelos son indios tamiles; él habla algo de tamil con su madre.

Resulta que hoy es el primer día del Año del Perro en el calendario lunar chino, una celebración muy importante, tanto en China como en cualquier lugar donde haya una gran comunidad china. Así que hoy es un día de vacaciones, y en general esta semana había poca gente en la oficina, así que Saktish y yo comimos solos el miércoles en un restaurante que podría haber sido transportado, con todo su personal, desde Bombay en helicóptero. Nos comimos un thali con algo de pollo, y Saktish se sorprendió cuando me vio comer con la mano (la derecha solamente, claro), igual que él.

con su tharka dhal y todo 
Estos dos días, Saktish me mostró la oficina, los laboratorios y todo lo necesario para que me sepa mover, y he conocido a algunos de los ingenieros con los que trabajaré, pero entre el terrible desfase horario que tenía y la festividad, no he tenido mucho trabajo. El miércoles me fui al hotel a eso de las 3.

Mi ma, el hotel. Para que os hagáis una idea, pensé que, debido a mi estado atontado por el sueño, había aceptado un cambio de habitación a una más lujosa. Así que después de una ducha y varios correos al Reino Unido, bajé a la recepción, donde muy educadamente me dijeron que no, que todo estaba bien. Ya más tranquilo, procedí a dormir 12 horas, para recuperar.

un cuchitril...
...en un paraje desolador
Ayer fue un día de bastante trabajo, y además resulta que por un malentendido, acabé no recibiendo el coche de alquiler que esperaba, así que me trajo Saktish al hotel a las 9 y no pude hacer nada interesante, más que cenar en el restaurante, lleno de chinos celebrando nochevieja. Probé unas nécoras muy especiadas y muy raras, pero nada demasiado interesante. Creo que me gusta más la comida india. Por cierto que ayer comimos (junto con otro compañero) en un restaurante malayo, cuya gracia era probar una salsa llamada sambal, que es extremadamente picante. Y se conoce que estoy ya acostumbrado al picante y ¡pude con ella!

Hoy he trabajado desde el hotel, y a eso de las cuatro me he ido a dar una vuelta por los alrededores. Esta zona tiene bastante actividad, y al parecer muchos bares "hipsters", según el propio Saktish. Comí en un puestecito panyabí, con un té masala muy rico, y luego me tomé un helado en un sitio en el que te lo hacen en el momento. Y del que, cuando me iba, salió el camarero a decirme respetuosamente que eso era autoservicio y que, por favor, recogiera la mesa. Se ve que han aprendido hostelería de los ingleses.

También encontré y visité un templo hindú, que siempre son muy entretenidos, llenos de policromías y dioses interesantes. Se puede ver que los indios son sobre todo sureños porque hay menos Krishna y Lakshmi y más Kali y otros de cuyo nombre no puedo acordarme.

sí, me he afeitado para ir al trópico, llamadme loco
Mañana cruzaré el ancho estrecho que nos separa de Singapur para dar un paseo por ella, y el domingo lo pasaré en Malaca, que me han recomendado mucho. ¡Ya os contaré que tal!


viernes, 10 de noviembre de 2017

Valar morghulis

Todos los hombres mueren. A cada porco lle chega o seu San Martiño. Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverterem. La vida son dos días.

Por eso hay que reír y cantar y amar y bailar y hacer que cada día sea un poco más luminoso para todos los demás, y contar historias y preguntar a la gente por las suyas. Y gritar en tonos mayores letras absurdas de Siniestro Total y de Boney M.

Y viajar y probar comidas raras y emborracharse con gente que no habla tu idioma, y correr, y saltar, y quemar energía, y que tu cadera genere más entropía que tu caldera, y cuando la pálida dama llegue, no desperdiciar la ocasión de ver qué tal besa.

Y no dejar de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo.

¡No te detengas!


domingo, 20 de agosto de 2017

Excursión en los Brecon Beacons

¡Hola! Qué barbaridad, qué poco he escrito este año, vaya por Dios. A ver si narro mis aventuras en Inglaterra y de otro tipo. Por lo pronto, os voy a contar la ruta que hice ayer en los Brecon Beacons, Gales.

la ruta se llama Horseshoe Ridge y esto es un valle glaciar
Un tipo del trabajo, llamado Russell Hepton, organizó esta excursión, con el ingenioso nombre de Dyson Hike y el motivo de recaudar fondos para luchar contra el Alzhéimer. Esto es una cosa que hacen en Gran Bretaña mucho: organizan alguna actividad guay pero que requiera cierto esfuerzo y piden dinero a la gente a cambio de realizar la gesta. Me parece un poco raro; en particular, no veo la relación entre hacer una caminata y que alguien decida donar a una fundación de investigación, pero el caso es que funciona.

A mí hacía mucho que me apetecía visitar los Brecons y hacer una buena ruta de monte, no como los paseíllos que me he dado hasta la fecha. Que están genial, sin duda, pero me apetecía algo un poco más desafiante, así que este plan me venia como anillo al dedo. De mi grupo de amigos solamente se apuntó Bhanu, con su mujer Sonika, que graciosamente se ofrecieron a llevarme en coche. Así que a las siete de la mañana nos encaminamos desde Malmesbury capital hacia el país de Gales, con un agradable sol matutino que fue desapareciendo conforme nos acercábamos, llegábamos a, y nos adentrábamos en aquel. Y así nos reunimos con la comitiva Dysoniana, unas dos docenas de personas de las cuales reconocí un par de caras. Allí nos tomamos un café a unos agradables 9 grados, agradecidos por habernos llevado todo tipo de abrigo.

A las nueve y media nos pusimos en marcha tras una breve arenga de Russell, sin olvidar la obligatoria foto para los anales de la historia. Nuestro plan era reunirnos en una cumbre llamada Pen y Fan, a unos 850 metros de altitud, para hacernos otra foto, y luego bajar al siguiente valle, volver a ascender y seguir el risco hasta completar el circulo.

lo último que nos dijo antes de empezar fue Please don't die, "no muráis, por favor"
El primer tramo fue largo y sorprendentemente duro. Desde el valle, ascendimos unos 200 metros hasta el paso, lo cual nos llevó una hora poco más o menos. La temperatura era bastante fresca, con lo cual apenas nos quitamos trapo, y menos mal, ya que en lo alto había niebla y soplaba el viento. Tal era el panorama que apenas esperamos por los rezagados y continuamos el ascenso hasta la cumbre más alta, la anterior a Pen y Fan. Allí aún era peor el viento, que nos azotaba las piernas y la cara con las gotas de agua de la niebla, la cual impedía que disfrutáramos de cualquier tipo de vistas. Así que con la cabeza gacha para evitar las inclemencias del tiempo seguimos hasta el punto de reunión, que alcanzamos enseguida.

veranito en Pen y Fan
Allí hacía un tiempo estupendo para ser marzo, así que aprovechamos para comer algo mientras esperábamos al resto de montañeros, entre los que se encontraban mis amigos indios. Cuando todos hubimos subido, nos sacamos otra foto de grupo y poco después comenzamos un abrupto descenso hasta un collado, donde volvimos a subir a la tercera cumbre. Esta subida fue absurdamente empinada. En lugar de hacer eses como muchos caminos de montaña, subía directamente por la línea de máxima pendiente, y entre eso y el peso de la mochila, mis piernas ya pedían clemencia a gritos.

sí, había unos pocos escalones. No, no iban hasta abajo
De nuevo comimos un poco en la cima, y de nuevo una abrupta bajada, en este caso ya hacia el valle. Nos cruzamos con unos soldados de maniobras, en cuyas mochilas habría cabido yo entero, y bajamos lentamente por el valle glaciar hasta casi el final. En este hay un antiguo embalse victoriano, cuyas funciones hoy ha asumido un embalse más moderno, pero el cual aún se puede admirar. Al llegar allí había salido el sol, a pesar de que durante la bajada había llovido un buen rato. Eran las 12.45 y llevábamos la mitad de la distancia recorrida. Aprovechamos el sol y comimos un poco más (ciertamente estábamos todo el rato comiendo, en mi caso casi exclusivamente frutos secos, chocolate y fruta) antes de afrontar la última subida.



Madre mía.

La comitiva, que estaba casi al completo al llegar al embalse, se fue desgajando, alargando y dispersando por la ladera, tratando de ascender por el sendero pedregoso, parando a menudo para recuperar el aliento, aferrándose a la persona anterior como los ciclistas, haciendo caso omiso al fuego que ardía en nuestros muslos, resoplando y suspirando en los escasos llanos que ofrecía el camino. Es la subida más exigente que he hecho en una década, no sé si por todo lo que habíamos andado ya, por la falta de práctica, porque estoy mayor o por la carga y el abrigo, o por todo eso junto. Pero al llegar a la cima, uno tras otro exhalábamos un grito de triunfo, volviéndonos hacia el precipicio a animar a los siguientes compañeros, dando algo de descanso a nuestras fatigadas piernas.

el embalse victoriano. La subida fue un poco más a la izquierda, no se ve en esta foto
Una vez reunidos y reposados, emprendimos el penúltimo tramo, todo a lo largo de la cumbre para cerrar el circulo. Este, si bien fue mucho más relajado, no resultó tampoco fácil, debido a lo accidentado del terreno, que requeria sortear charcos e irregularidades. En nuestras cabezas no debía de haber más que ganas de acabar, puesto que las conversaciones escaseaban, y de nuevo se desgranó el grupo. Al llegar al primer paso, de nuevo el tiempo era miserable, con lo cual decidí no esperar por Bhanu y Sonika y me dirigí por aquel primer y largo tramo hacia los coches. A estas horas, había muchas más personas, en diferentes rangos de preparación montañera, que desde luego no tenían pinta de ir a caminar tanto como habíamos hecho nosotros.


Poco a poco fui adelantando a la mayoría de los miembros del grupo, y a un imbécil que llevaba la radio sonando a todo trapo, que bien podía haberse quedado en su casa a ser imbécil. Cuando retorné al punto de partida habían pasado cinco horas y media y yo estaba hecho polvo. El resto de gente fue llegando poco a poco, comentando la jugada, tomando café y despidiéndose progresivamente. Bhanu y Sonika llegaron media hora más tarde que yo, y poco después nos despedimos de los Brecon Beacons, muy felices y muy satisfechos.

Y al llegar a casa, me di un baño caliente y relajante que casi me olvido de mi nombre. Por supuesto, dormí como un bebé.