En Vigo, en la calle Rosalía de Castro, anexo al colegio Niño Jesús de Praga, hay un edificio a medio construir, desde hace, al menos, treinta años. La obra está absolutamente parada desde entonces (lo sé porque mis padres viven al lado desde 1991), siendo los únicos cambios la adición de algunos elementos protectores en caso de caída de escombros. Desde fuera se alcanza a ver algo de vegetación en los pisos inferiores.
En este mundo chambón y jodido, seremos capaces de vivir cada día como si fuera el primero, y cada noche como si fuera la última -- Eduardo Galeano
jueves, 7 de octubre de 2021
Qué edificio en ruinas ni qué niño muerto
viernes, 24 de septiembre de 2021
Winds of change
En febrero me quedé sin trabajo. En marzo empecé un curso de Inteligencia Artificial. En abril, después de que un par de personas apostasen por mí, empecé a trabajar en Borgwarner Emissions, Thermal & Turbo Systems, una multinacional de automoción con una sigilosa sede en Zamáns, Vigo. En junio, Eneas dejó Madrid y la adorada escuela infantil de los Gavilanes y se vino a Liméns con mis padres a pasar el primer mes de verano. En julio, Iris dejó su trabajo y nos mudamos definitiva y trabajosamente. En agosto, Iris consiguió trabajo en Bimba y Lola, como arquitecta, sí, tienen de eso. En septiembre, mes luctuoso, Eneas empezó la guardería en Vigo.
Además, llevamos tres cuartos de año con una nevada monumental, lluvias torrenciales que se lo llevan todo, un volcán en erupción y una pandemia que no acaba. Me pregunto, ¿qué nos depararán estos tres meses que quedan?
lunes, 19 de abril de 2021
Dice "tchis" y sonríe pícaramente, mientras avanza vacilante, agarrándose a una mesita o a un radiador, hacia su objetivo. Su meta es acaso un mando a distancia, acaso una miguita de pan que distingue hábilmente desde la distancia, o tal vez una Cosa Nueva que es necesario Explorar, Tocar y Morder. Mamá y Papá vigilan con sus propias sonrisas, atentos a un paso en falso que pueda acabar en caída propia o ajena. De repente se abre la puerta y entra la Abuela, o la otra Abuela, o el Abuelo, o incluso el Abuelo, y Eneas grita de emoción: "uuuu-uuu", y le brillan los ojos mientras agita todo el cuerpo. El visitante corre hacia él, provocándole inmensas carcajadas con las que enseña los dientes, los asentados y los incipientes. Si le ofrecen las manos, las agarra con las suyas, fuertemente, y da pasitos hasta pisar las extremidades de su víctima, abrazándola y acercándole la cabeza, como se besan los leones.
martes, 2 de febrero de 2021
La azotea
La azotea de mi edificio, donde están los trasteros y los aparatos de aire acondicionado, mira al oeste, como la ventana de la cocina de mi abuela. En la azotea nunca hay nadie, aunque a veces hay ropa tendida de nuestros vecinos, que tienen un niño algo mayor que Eneas. Entre sábanas y pantalones ondea la ropita de Nico, jugueteando en el aire fresco.
Allí arriba siempre hay tranquilidad: los ruidos de los coches suenan distantes y amortiguados, como si estuviesen muy lejos. Y, como nunca hay nadie, es un buen sitio para leer, o para mirar a lo lejos y pensar.
Desde la azotea se puede subir aún más, por una escalerilla de servicio, para mirar en todas direcciones. Se ven los rascacielos de Plaza de Castilla muy cerca, se ve la Torre Picasso, se ve mucho Madrid y algunas cosas que no son Madrid. Al noroeste, en el horizonte, está la sierra, muchos días entre la bruma, otros nítida, siempre apetecible.
miércoles, 30 de septiembre de 2020
Kant y la ética de los ingenieros
Cuando tenía diecisiete o dieciocho años, en clase de filosofía de segundo de Bachillerato, descubrí a Immanuel Kant. Prácticamente todo lo que sé de filosofía se lo debo a ese maravilloso profesor, Jorge Pérez Yagüe, un auténtico sabio que podía explicarnos la teoría de la Relatividad o la teología de San Agustín indistintamente. Años después intenté leer la Crítica de la Razón Práctica, en dos ocasiones. La primera vez no pasé de las primeras páginas; la segunda aguanté cien páginas antes de sucumbir ante la horda de oraciones subordinadas, no sin antes comprobar por mí mismo la extraordinaria profundidad de las tesis. Por tanto, en todo lo que sigue, sabed que he leído las fuentes, pero me fundamento en las enseñanzas de mi profesor.
El pensamiento de Kant tiene dos puntos principales: la deconstrucción del funcionamiento de nuestro pensamiento (la razón pura) y la aplicación de nuestro pensamiento de manera práctica (la razón práctica); la segunda de ellas se considera la moral kantiana y es de la que quiero hablar.
La razón práctica, discutida de modo impecablemente pedante en la crítica del mismo nombre, se puede resumir en un "imperativo categórico" expresado de dos modos equivalentes; uno de los cuales reza así:
Actúa siempre de modo que tomes a la humanidad, tanto en otros como en ti mismo, como fin y no como mero medio.
La otra enunciación del imperativo categórico es algo más compleja, pero viene a decir "trata a los demás como quieres que te traten a ti", con el corolario "no seas capullo y finjas que crees que esta cosa loca que solamente te gusta a ti les va a gustar a los demás". En fin, creo que la idea está clara. Lo interesante del pensamiento kantiano es que esta regla moral no está supeditada a un fin. Es decir, no es una llave con la que acceder a un premio, ni un consejo para triunfar en la vida. Es, simplemente, lo que Kant considera que es la mayor expresión posible de libertad de un ser inteligente; la única manera en la que se puede actuar si uno sigue un proceso lógico. Es, por tanto, una conclusión lógica basada en la razón, es decir, una verdad. A no ser que podáis encontrar fallos en la lógica de Kant (buena suerte en esa labor).
En mi (admitámoslo, corta) vida laboral me he encontrado con numerosos ingenieros e ingenieras ideológicamente agnósticos. Que consideran que todos los políticos son iguales, y el ejercicio de la política, estéril. Que piensan que los problemas de los países se resuelven con tecnócratas que trabajen duro (muchos ingenieros en España piensan que trabajar muchas horas es sinónimo hacer bien su trabajo) y con fríos conocimientos técnicos. Que desprecian las humanidades: la historia, la filosofía, la lengua y la literatura; aunque abrazan la seudociencia social de la Economía mediante el sempiterno MBA. Que no leen nada que no sea un manual, porque consideran que es una pérdida de tiempo.
Curiosamente, muchos, si no todos, estos ingenieros e ingenieras, han pasado por un proceso educativo extremadamente estricto (yo mismo he estado en exámenes con 66 % de suspensos, la mitad de los cuales eran ceros); la mayoría de ellos han estado un par de años más en la carrera de lo que esperaban cuando la empezaron. Y ese proceso toma mentes ya de por sí bien formadas y las educa en el rigor hasta el punto de la neurosis, en materias extraordinariamente complejas para cuya superación no es suficiente con hacerse una idea general. Es llamativo que este viaje deje a los egresados libres de todo espíritu crítico en el contexto moral y de humanidades, salvo el bagaje que cada uno tuviera cuando comenzó la carrera.
La gran mayoría de ingenieros e ingenieras que conozco es perfectamente capaz, desde el punto de vista intelectual, de entender a Kant (o, al menos, de entender el mensaje, explicado por un profesor de filosofía). También es capaz de discutir sus conclusiones y la aplicación práctica de su imperativo categórico. Y sin embargo, a menudo, este colectivo desdeña las consideraciones éticas por considerarlas poco prácticas o incluso irrelevantes. Y personalmente, sospecho que tiene mucho que ver con el pensamiento neoliberal, a cuyos proponentes no les interesa que la ética se interponga en el camino al dinero. Al patrón no le interesa que sus trabajadores cualificados piensen demasiado en la ética de sus actos, sino que produzcan ese trabajo puramente técnico y tremendamente lucrativo. Sobre todo para quien extrae la plusvalía: el precio de la hora de ingeniería tiene una distribución asimétrica respecto al aporte de valor.
Mi mensaje a mis compañeros de fatigas en el campo de la ingeniería es el siguiente: sois parte de la intelligentsia. Las humanidades, y en particular la ética, son campos que os esperan con los brazos abiertos, si los tratáis con el mismo respeto que al Álgebra de primero de carrera. Y, del mismo modo que parecía que eso de las matrices no iba a ningún lado, pero luego resulta que todo en ingeniería es invertir matrices de autovalores de 30 x 30, creo que concordaréis conmigo en que, en la vida, todo es aplicar el imperativo categórico de Kant. Es vuestra responsabilidad como individuos pensantes, y realmente es el pleno ejercicio de vuestra libertad individual, el actuar de modo que toméis a la humanidad, tanto en otros como en vosotros mismos, siempre como fin y nunca como mero medio.
domingo, 7 de junio de 2020
Cafectuosamente: Marcilla y Bonka
sábado, 6 de junio de 2020
No spicy
Acabo de hacer poha para desayunar. La poha es un aperitivo marati (de Maharashtra, el estado indio al que pertenece Bombay), que me chifla y que me resultó muy difícil de encontrar en nuestro último viaje. Por suerte, me traje varias bolsas del ingrediente principal, que son copos de arroz deshidratados. Hace años que los traje de India, y ocasionalmente los cocino. He pensado en compartir mi receta. Se puede tomar en cualquier momento del día, y si nunca habéis desayunado picante, es sorprendentemente agradable en días de calor como el de hoy en Madrid.
Lo primero es conseguir los copos, o un sustituto. Desconozco si se venden en España, y tiene pinta de que sean un poco complicados de hacer en casa (son granos de arroz ya cocido, aplastados y deshidratados). Se me ocurre que se pueden sustituir por arroz largo, cocido del día anterior y atemperado.
Suponiendo que tengáis los copos, hay que hidratarlos (en un colador bajo un chorro de agua) y reservarlos.
En una sartén, puse un poco de mantequilla a derretir, y en cuanto estuvo líquida añadí una cucharada de cominos enteros. Ojo con los cominos que se queman enseguida. Luego, corté cebolla* (en este caso roja porque era la que tenía, da un poco igual) en cachos pequeños y la añadí, al igual que dos cayenas machacadas. En palabras de Iris, esto le dio "el toque de picante perfecto", pero, claro, ella vivió en India. Para el español medio, seguramente estuviera absurdamente picante para un desayuno. Si no te gusta mucho el picante, sugiero poner las cayenas enteras y retirarlas antes de servir.
Cuando la cebolla se doró, añadí un puñado de cacahuetes. Solamente al final se echan los copos de arroz, y yo también aproveché mi fondo de armario oriental para añadir una cucharada de garam masala. Que si no tienes, no pasa nada (puedes conseguir un efecto similar con pimienta, nuez moscada y clavo).
Recordad que para ser auténtico, se ha de comer con la mano, en cuyo caso no os toquéis la cara luego, que lleva cayena. Recomiendo acompañar con masala chai hirviendo bebido en vasos de chupito.
Namastë!
*En India también comimos a veces aloo poha, que cambia la cebolla y cacahuetes por patata, pero a mí me gusta menos.





